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De vuelta al frente

I’ve only got one piece of advice, but luckily, it’s the best advice there is. It was given to me by the author Tim Binding when I was a young man with a long-unfinished first novel wasting away on his laptop hard-drive.

I said – Thing is, I always wanted to be a writer…

He said – Wonderful! So be a writer!

- But to do that, I really need to finish my book!

- Then finish your book.

- But I don’t have time. I’m soooo busy. It’s mad, how busy I am.

- If you want to write, then write.

- Thing is, I’ve got this day job…

- If you want to write, then write.

- The hours are just insane, like twelve or fourteen hours a day…

- If you want to write, then write.

- And my boss is just crazy demanding. And there’s this one bloke who hates me and…

- If you want to write, then write.

- And it’s all so draining; come the weekend I’m so tired I can hardly concentrate…

- If you want to write, then write.

And so it went on, until at very long last I got the hint. Which is when I went home and began to write.

To be honest, I’d been hoping to hear some Gnostic formula, some mystical insight that would light my way, make it all clear.

To be even more honest, what I was really hoping was that Tim could make it easy for me.

But the point is – it’s not easy, and there’s no secret. There’s just you and a keyboard and a story. If you want to write, then write.

Interview with Neil Cross
L&L

Brasil, día 4

Dia de visitas. Fábricas, polígonos industriales, favelas, autopistas radiales y circunvías arriba y abajo. Momentos de espera. Momentos de placidez. Carreras a ratos y quietudes otros.

Un viejo me mira cuando el taxi se detiene en un semáforo. Nos miramos a los ojos. Tendrá cincuenta años. Es flaco y larguirucho, de tez morena, sucia cabellera rala. Andrajos y sandalias sucias. Sus pies son sucios. Fuma. Está sentado a la puerta de un galpón donde sirven refrescos. Sus ojos son blancos, cansados, sus cejas pobladas, despeinadas, son canosas. Su cara es chupada. Sus uñas son largas, gruesas, sucias. La piel del cráneo se estira apergaminada por la frente, por las mejillas. Me mira.

Nos separa la ventanilla del coche y mi traje de Cacharel, mi camisa y mi Eau d’Yssey. Me fijo en sus mejillas hundidas. Es un personaje tabernario sacado de un Velázquez, de un Murillo: los mismos colores (sienas, ocres, marrones), las mismas arrugas, el mismo paupérrimo y desolado mirar. Viene este hombre de una guerra que no conozco, de una vida de la cual lo ignoro todo; y vive sin embargo, o sobrevive, en mi mundo, en nuestro mundo.

Apura el pitillo, extrae una última calada con esfuerzo, deja ir el humo, extiende la mano que sostiene la colilla y abre sus dedos de madera y la colilla cae al suelo. El taxi se pone en marcha. El semàforo ha vuelto a verde.

BlackBerry de movistar, allí donde estés está tu oficin@

Sant Jordi

Sin que me diese yo cuenta, se me metió en la cama anoche, y ha pasado la noche conmigo. Hace una hora, con un codazo, me ha despertado, se ha bebido entero el mar con que soñaba y ya no me ha dejado retomar el sueño. El jetlag de Sao Paulo, tan simpático él, y madrugador.

Dia de la rosa i del llibre al meu país. Aprofito, doncs, per a felicitar-vos el dia i dir-vos que us envejo, perque estic lluny i no podré gaudir del més maco dels nostres festius.

 

From A to Z, une phrase de Claude Simon en exergue

“Pauvre de moi qui n’ai ni théorie ni d’autre préoccupation que de trouver (péniblement) le meilleur moyen d’exprimer (copier) mes émotions, sans plus (émotions toutes bêtes et toutes simples, comme la peine de perdre une vieille tante, ou le plaisir de regarder voler un oiseau, ou la trouille en entendant siffler les balles, ou la perplexité dans laquelle me plonge le suicide, ou retrouver une odeur, ou une couleur, et rien d’autre), …”

Carta de Claude Simon a Jêrome Lindon, su editor de Editions de Minuit, rechazando participar en un diccionario sobre el Nouveau Roman (1960). BlackBerry de movistar, allí donde estés está tu oficin@

Tantas cosas…

Las gaviotas y el Hotel de Calais, asomado a lo alto en el Tréport. El sabor del mar en las ostras. El viento del mar, y su rumor continuo.

Hace un año los azares de mi bohemia me trajeron a este mismo puerto donde ahora llego a lomos de mi corbata. Qué sorpresa!

Cena espléndida con una familia de industriales orgullosos de lo hecho durante dos generaciones. La tercera se sienta a mi lado. Business talk que tras las primeras copas deriva en recuerdos de anécdotas, cuchicheos y contubernios posibles…

Luego me retiro a la auberge mínima que me acoge tierra adentro, en la comarca del Vimeu. Me despierta el mugido verde y desesperado de una vaca charolesa de un prado vecino.
Clientes, clientes-competidores, posibles socios. Paseo la corbata por el paisaje de Picardía, de altos cielos y verdes pastos y carreteras laberínticas que cruzan y vuelven a cruzar los mismos pueblos de fachadas parecidas, de calles anodinas.

La semana ha sido así, medio ganadera, medio metalúrgica. La próxima será diferente, enmoquetada.

Y ahora apuro el rato antes de volar a casa con ganas de guerra. Desabrocho un botón de la camisa, alivio el apretón de la corbata, miro los paneles en Orly que me han de decir por qué puerta subo al cielo.

Las ganas de amor y de guerra me aprietan las costuras de la espera. Ah! Qué ganas de desnudarme al sol de mi atalaya, de ver el mar, de hocicar sin prisas en la entrepierna del ocio, de cocinar y comer tarde, o de no comer por preferir alargar el aperitivo hasta la cena.

Flight delayed. Vol retardé. Suspiro. Me quedo sin batería…

El fin-de recargaré de todo. Sonrío.

De la vida miserable

Me veo en el espejo.

Zapatos ingleses, calcetines negros, traje gris oscuro, camisa de azuletes y corbata de seda combinando rojos y azules. En los bolsillos de la americana abulta el cuadernillo de notas, el teléfono y el estuche de gafas de sol, porque luce el sol, hoy, en Alsacia.

Podría ponerlo de otra forma: zapatos Clarks, calcetines PuntoBlanco, traje de Cacharel, Moleskine, Blackberry Torch y Rayban New Wayfarer. La camisa es Massimo Dutti, he visto la etiqueta mientras me vestía. La maleta es Samsonite (cabin luggage).

Después de una opípara cena en La Chaine d’Or, una brasserie que atiende a los hambrientos desde el siglo XVI, sita en la Grand’Rue que lleva al centro, he dormido bien en mi hotelito frente a la estación. En cuestión de horas tomo el TGV hacia París para, inmediatamente, ir a recorrer otras provincias y reunirme con clientes. Tengo tiempo para redactar estas líneas y algunas más, despachar asuntos pendientes y dejarlo todo en orden. Solo he de cruzar la plaza, entrar en la estación y subirme al tren.

Ayer recorrí estos andurriales preciosos de Alsacia de reunión en reunión. Comí mal, de pie, en el parking de un supermercado E. Leclerc;  me resarcí cenando la especialidad local después de haber bebido dos cervezas primaverales en una terraza. Tuve tiempo de acercarme a la catedral. Tuve tiempo de sentarme en uno de sus bancos para mi momento zen.

La reunión estaba ya encarando su tramo final. Como se dice en francés, nous avions fait le tour. Entonces entró en el despacho un viejo encorbado y cojo, de mirada estrábica, que no fue presentado, pero a quien fui presentado. Hablaba de manera endiabladamente cerrada, y a su hijo, con quien yo estaba reunido, le hablaba en alemán (perdón: alsaciano). Acht, so. Hablaba el francés del este, francés bovino, suizo, alargado.

Conocía el producto. Sabía bien por qué nos compra; y por qué no nos compra más. El hijo manejaba el ordenador, el viejo las cajas. Me arrastró hasta el almacén, me enseñó cómo colocaban las cajas, cómo le gustaría que fuesen las etiquetas. Pequeños detalles, importantes detalles. El etiquetado es ilegible cuando la caja se sube a un tercer piso de una estantería. Tomo nota. Apunto en mi libretita. Espío las otras cajas, de la competencia, que pueden avistarse desde donde estoy. Me gusta entrar en las trastiendas. Luego, cojeando de una cadera, el señor me lleva hasta la puerta, se despide de mí. Et n’oubliez pas le Seigneur, car sans lui il n’y a rien, car tout nous vient de lui me dice mientras me tiende la mano. Ja whol, mein Herr, contesto con una sonrisa; y añado: Gott mit uns. Y él replica: Oui, c’est ça; Gott mit uns.

Nos damos la mano. Su hijo se asoma a una ventana, me saluda con la mano también. Me subo al coche. Voy a la capital, y Dios conmigo. Y decido que he de llegar a tiempo de visitar la catedral, de sentarme en ella. A tiempo de dar gracias.

Me quito el disfraz, me pongo los tejanos, cojo lo imprescindible y salgo a la calle, voy al centro, me guía la flecha gótica flamboyante de la catedral.

La recorro rápido. Me acerco a una capilla reservada para la oración, mas no me atrevo a entrar en ella y sumarme a unas pocas personas ensimismadas. Recorro la nave central y busco un sitio, cualquier sitio. Me siento. No sé rezar. Simplemente me siento a agradecer tantas cosas buenas. Miro a los turistas que pasan a mi alrededor.

Me acuerdo del viejito estrábico, de su verbo apasionado. Gott mit uns era el lema que figuraba en las hebillas de la Whermacht de los años treinta y cuarenta. Me acuerdo de la bandera tricolor que llegó desde lejos para ser colgada en la cima de esta catedral, por aquellos años también. Pero no me entretengo en historias de guerra, eso es pasado (otro día, si acaso me apetece, las contaré).

Soplo, expulso aire, con el aire expulso los malos pensamientos y vuelvo a mí. A mi necesidad de dar gracias. Las doy.

Me acuerdo de la vida miserable: la que llevé, la vida miserable con la que conviví, la vida miserable que tuve que escuchar de amigas mientras, desnudas a mi lado, solazaban sus penas y confesaban sus miserias. Soplo aire, expulso los malos pensamientos. Doy las gracias al mundo.

Luego busco y encuentro una terraza. Me sumerjo en la lectura, pido una cerveza, luego otra, esperando que sea la hora de cenar. Ceno pronto, ceno bien.

Me meto en la cama. Me duermo.

Y despierto. Y escribo esto, y me vuelvo a disfrazar de businessman, y me voy de nuevo a recorrer el mundo. Es la hora.