The white owl

El búho blanco del Ártico (Bubo scandiacus) está haciendo las delicias de los bird-watchers de América. En las llanuras del medio-oeste, en estos días, se están produciendo avistamientos como nunca antes se habían contado. Dicen los expertos que el verano fue prolífico, que las nidadas fueron numerosas, que la tundra fue generosa.

Lo cuenta el NY-Times, que vuelvo a leer cada mañana. Y hojeo la prensa francesa, la inglesa, algunas cabeceras árabes, Haaretz, los periódicos locales y otros de la corte y villa. Buceo en blogs especializados en el mundo árabe y sigo las polémicas en ForeignPolicy con el mismo interés con que monitorizo las flotas de la US Navy. Rescato los datos de mis tarjetas de frequent flyer. Cruzo correos para saber, para aprender, para preparar mis viajes.

Planifico: lleno otra vez de colores los calendarios (azul son ferias, amarillo agentes comerciales, naranja misiones comerciales) y acumulo datos, cifras y reportings que he de asimilar para volver a conocer el mundo según éste ha ido cambiando desde que lo dejé hace dos años y medio. Vuelvo a la guerra con la sensación de que se me atraviesan los cafés en el pecho; es una sensación rara, incómoda: en la media altura del esófago se atranca el café al bajar y ahí se estanca, como un leño cruzado, palpitante. No es  acidez de estómago. No es dolor de tripas o indigestión. Es un café que a media tarde, a media altura, a medio bajar se queda un rato atascado y molesto. En media hora se disipa la sensación de ahogo, de debilidad que, mientras dura la angustia, se derrama por todo el cuerpo. Entretanto, los búhos del Ártico invaden las llanuras mideluésticas.

Al acabar el día vuelvo cansado, tarde, a la atalaya. Me desmorono en el sofá. Ni abro siquiera las persianas. No me asomo al mar negro, ni miro el paso de los trenes a lo lejos, ni el brillo de luciérnaga de la Blanca Subur que se dispone a dormir. Ni fuerzas tengo para perpetrar la cena. Je me laisse aller.

Me dejo llevar, resbalo, me hundo. Me hundo. Soy incapaz de luchar contra la corriente, el río de fango que me lleva.

Mujeres desnudas se ofrecen en la pantalla; grandes jayanes se las follan; en una bañera, en un jardín, en un salón, en un dormitorio, en un balcón; aquí y allá; blancos y negros, blancas y rubias, morenas y mestizas; así o asá: more ferarum, misionero, contra una tapia; a veces gritando, gimiendo, otras veces en silencio. Me hundo. Paso de una película a otra mientras no hago nada. Es tan fácil. No se termina jamás el estropicio de vulvas, el zafarrancho jodiente de las mujeres fáciles que derrama la pantalla. Ellos apenas están presentes: cachitos de carne oblonga, émbolos mecánicos, lustrosos salchichones, no más. Ellas todo culo, todo teta, coño entero. Miles de ellas. Categorizadas. Etiquetadas. Bautizadas. Editadas. Corregidas y ampliadas. Hastío. Me hundo en él como en un baño de barro tibio, y arrastro conmigo la sensación de lo imposible, la culpa de lo inasible. También la consciencia de la tristeza; también de la tranquilidad, de la rutina, de la mansedumbre de mis días, quietud a la que me cuesta acostumbrarme a pesar de haberla tanto tiempo deseado. Je me laisse aller; et je ne fais que constater la difficulté de moi-même. Hastío, eso es todo.

Respira hondo; todo pasa.

Respiro. Todo pasa, en efecto. Queda la dificultad de mí mismo, incontournable.

Luego, ya en la cama, leeré un rato (breve, disperso, sin empeño) para cerrar los ojos antes que el sueño barrunte el despertador de las seis. Y soñaré con los búhos blancos.

Brass

Las barras de latón son troceadas según medidas y pesos determinados. Luego se calientan al rojo vivo y se depositan sobre un molde. Se aprieta un botón y baja una prensa inmensa, de dos pisos de alto y 400 toneladas de peso. Estrépito. Cuando se alza la mole ya está conformada la pieza que, una vez limpia, granallada y mecanizada será un fitting, una válvula, una tuerca. Un cachito de latón, a veces cromado, a veces crudo, de un bonito amarillo pálido.
Yo vendo esto. Soy el afortunado niño de la corbata y don de lenguas que recorre el mundo vendiendo esto, ayudando a vender, buscando vender. Soy el último de la fila detrás del torero que mueve (envuelto en polvaredas) toneladas de chatarra hacia el horno de la fundición, detrás del que echa al horno sacos de zinc, lingotes de cobre, y atiende al borboteo del infierno rojo que se puede ver sin acercarse mucho (1300 grados Celsius que chisporrotean; el operario se protege con mandil de cuero, manoplas blindadas, gafas y turbante). El ruido incisivo y constante de la maquinaria en los talleres de mecanización, los capazos como tortugas de los rincones, las montañas de viruta dorada, el retumbar de las prensas, el trajín de los rodillos candentes en las naves de… de… Aún desconozco el nombre de los diferentes procesos de producción, estoy aprendiendo (as usual). El gris mundo de la industria siderúrgica, con su olor a taladrina, sus gritos ahogados por la maquinaria, las batas azules de los encarrregats, el bocata exacto de las 09:15 a 09:45, la sirena de los turnos y el frío inoxidable de los almacenes.
Yo soy, en cambio, el afortunado que sale al mundo oliendo bien con ganas de caer bien a desconocidos, mientras otros atienden el despacho, diseñan planos, suman asientos contables y entran pedidos en un ordenador obsoleto, se pelean con el fax, llenan cajas y esperan que el excel dé con las fórmulas idóneas para poder mostrar, con quesitos de colores, la magnitud de la crisis y el camino de salida.
Con razón, a menudo se me ha criticado; algunos lectores-parroquianos de este vertedero de MiedosLibres opinan que me quejo en exceso, me conduelo y lamento de nimiedades. Hoy no lo he hecho. Hoy celebro. Hoy agradezco a tantos que trabajan conmigo, a quienes aún no conozco, tantos para quienes trabajo. Y con los cuales comparto. Y con vosotros también, parroquianos.

Put the blame on Mame, boy

El blanco y negro de Gilda, sus largos brazos, sus interminables piernas, las sinuosas curvas y el bofetón irrebatible de Johnny, se tornasolan en carmesíes turgentes, escondidos goces, acurrucadas calenturas para entretener la espera. Eso fue anoche.
Hoy, ahora, espero en el gran vestÍbulo de la Terminal 1 del aeropuerto, espero mi vuelo apurando el tiempo y el último pitillo antes de embarcar hacia la doulce France. Tránsito de gentes, abrazos frente al cordón que delimita la zona de seguridad, taxis que vienen y van, colas frente a los mostradores, acolchado ambiente de terrazos fríos y bien pulidos, frÍo también en los pies, y corbata prieta. Trenecitos de carretones. Autobuses. Filipinos, japoneses, daneses, franceses, catalanes, congoleños o malineses. Mescolanza de razas en un continuo murmullo de voces que se disuelven en la espera o se agitan en las prisas del Last call.
Back to business: de nuevo cargo con el maletín, las ideas claras, la tarjeta de embarque hacia una reunión de dos dÍas, la ilusión de volver al mundo de allende las lindes de la provincia que me ha tocado en suerte.
Respiro. Sonrío. Me pongo los tapones de los oídos. Acolcho mi mundo con recuerdos de besos y afanes de otros que vendrán. Lío un pitillo y me asomo al anticiclón del exterior a fumarlo (taxis, maletas, prisas atrapadas en las puertas giratorias, policías amarillos como pitufos hepáticos, besos a la familia y apretones de mano, see you soon, gràcies per tot, no dejes de llamar cuando aterrices…).
Miro al mundo pequeño que me envuelve y me anclo al aquí y ahora. Hay tanto que ver! Y miro…
El culo de una negra, las maletas de un holandés, el atuendo de un neo-rural posh, el caniche con chaleco que una mujer saca a mear, el laberinto cheviot de un abrigo, el morado de un par de corbatas con American Express, la tipografÍa sans serif de la señalética, la cámara de fotos de un turista agotado, el BMW serie 5 blanco de una taxista de un pueblo de mala muerte. Cuántas cosas!
Y resuena la cantinela de Rita, Put the blame on Mame, boy…, mientras se me hace tarde y he de correr hacia los escáneres de seguridad. …the blame on Mame, boy… desde la BlackBerry, maravillado por la tecnica.

LA ALEGRÍA DE LAS PIEDRAS (cuento)

La tengo en las manos en este momento. Es una pequeña piedra, aproximadamente redonda y chata, oscura, gris oscura con algunas vetas blancas que la cruzan y con otras nervaduras de un gris pálido, o quizás simplemente fracturas internas, que han dejado leves cicatrices en su superficie, no sé. Mis conocimientos de mineralogía son escasos, o nulos. No sé de qué material está hecha. Y me da igual, en realidad. Pero si he de escribir sobre ella me gustaría poder declarar que es un guijarro de wolframio, que es equisto, o piedra-lava o arenisca o granito. No lo sé.

Es una piedra redondeada por el mucho tiempo que habrá pasado mecida en el fondo del mar. Negra, o gris oscura, con vetas blanquecinas, no más larga que una de mis falanges, y del tamaño aproximado de mi pulgar. La sostengo en la mano mientras escribo estas líneas. La he llevado en el bolsillo del pantalón y ahora la he sacado para tenerla cerca mientras considero la alegría de las piedras.

La recogí en la cala del Home Mort, que está entre Sitges y Vilanova, mientras ella se bañaba. Habíamos tendido las toallas sobre la playa de guijarros y ella se desvistió y se acercó al agua y entró en ella. Y yo con los ojos achinados por la mucha luz del mediodía la miraba, como a contraluz, entrar en el agua que refulgía. Me desnudé yo también y encendí un cigarrillo y lo fumé sin ansias, jugando mientras con las piedras, dejando que la brisa secara el sudor de mi

piel y luego que el calor del sol perlara de nuevo mi piel con nuevo sudor. Miraba su cabeza moverse arriba y abajo con las olas a poca distancia de la orilla.

Tenía en la mano unos cuantos guijarros, algunos blancos y planos, otros como huevos grises, otros más pequeños. Jugueteaba con ellos sin prestarles atención, los movía, los sopesaba, los pasaba de una mano a otra escuchando su entrechocar mate, seco, sobre el rumor constante de las olas, con la mirada distraída en el vaivén de su cabecita negra sobre el verdiluz del mar.

Desde lo alto el mar lucía azul, azul turquesa, cerca de la orilla. Habíamos aparcado el coche y andado todo el camino colina arriba primero, y abajo luego, hasta llegar al risco desde el cual culebreaba un sendero entre altas matas de cistos que bajaba hasta la cala. Llegamos sudados. Ella se despojó del pantaloncito, de la camiseta y tiró la ropa encima de la toalla que ni siquiera extendió y echó a andar hacia el mar. Su espalda, su culo, sus piernas, sus pies y su cabeza, toda su figura se levantaba como marcando el punto de fuga en mitad de la línea dura del horizonte y de toda la luz del mediodía. Contrastaban sus curvas con la recta sin perdón del horizonte que se estrellaba a un extremo y otro de la perspectiva, en los farallones grises de roca que caían al mar y cerraban la cala.

Habíamos trabado conversación la noche anterior en el Urbs16, un bareto de la calle del Pecado de Sitges. Me preguntaba que adónde iba con aquellos zapatones. –Son mis botas de marcha, repuse. –¿Quieres marcha? Ahí ya vi su sonrisa pícara. –Prefiero un mojito. –Yo también. –Dos mojitos, pues. Ten –le dije tendiéndole un billete–, ve a la barra y tráelos, aquí te espero. Cogió el dinero y desapareció en el interior del local. Yo me senté en una de las butacas de la terraza a ver pasar la fauna de la calle del Pecado.

–No voy a ningún sitio –le dije cuando hubo vuelto con los dos vasos de mojito–, vengo. –¿De dónde vienes? –Vengo andando desde el Ebro.

Le conté mi marcha de siete días desde el Delta del Ebro, siguiendo la costa hasta la calle del Pecado donde habíamos coincidido. Así trabamos la charla y así charlando fueron cayendo horas y mojitos. Se hizo tarde y ella preguntó si tenía donde dormir. Dije que sí, me han prestado un piso. ¿Te vienes?

Hacía rato que el juego de seducción estaba en marcha, y ambos sabíamos que íbamos bien encaminados. No pensó mucho.

–Sí.

Y fuimos.

A la mañana siguiente le propuse ir a la playa. Ella no tenía planes. –Podemos luego ir a comer, no sé. –No hagamos planes. Vayamos a la playa y luego ya se verá. –Ya se verá, sí.

Rememoraba todo esto desnudo en la playa, viéndola juguetear con las olas, y vi cómo levantaba el brazo y me hacía señas. Me levanté. Me acerqué a la orilla. Caminar sobre las piedras me hacía parecer un tanto ridículo. En pelotas y doliéndome de las plantas de los pies es difícil mantener un cierto porte, un mínimo de compostura. Por evitar las posiciones incómodas y por abreviar la indignidad de mis inseguros pasos, me tiré de golpe al mar, y nadé hasta donde ella me esperaba. Ella y su sonrisa. –Se está bien en el agua. –Sí –dije, y estuvimos nadando y braceando un rato. También nos abrazábamos. Nos mirábamos con ojos rojos de salitre.

Flotamos.

Salimos del agua y nos tendimos a tomar el sol. Hablábamos. Pero también a ratos estábamos callados uno cabe el otro, en silencio y a gusto, oyendo el mar, sintiendo el sol sobre la piel. Besé su hombro, y el beso supo a sal. Cerré los ojos contra el cielo, y vi el rojo vivo de mis

párpados, sentí su mano que se apoyaba en mi vientre. Dejamos pasar mucho tiempo así; estábamos bien.

Luego ella dijo: –Cambio la comida por dos gintonics. Acepté. Y recogimos y volvimos a triscar por el sendero y por el camino hasta el coche, y paramos en una gasolinera para comprar hielo y fuimos al piso y nos duchamos y nos sentamos en la terraza a beber. Se oía el paso de los trenes detrás de la casa, y teníamos que callar mientras pasaban.

Mirábamos el cielo y un cachito de mar que se colaba entre dos casas delante de la terraza. Ella no sabía liar pitillos, y se los liaba yo y ella se los fumaba sacando el humo por la nariz. Entrecerraba los ojos al exhalar el humo y yo la miraba. En mi vaso tintineaba el hielo. Y picoteábamos almendras y nueces y nos servíamos gintonics y hablábamos. Me dijo que volvía a desearme, o fui yo quien lo dijo. Se acercó a mí, se sentó sobre mis piernas, nos abrazamos. Empezamos a hacerlo en el suelo, que era duro, y preferimos rematar en el dormitorio.

Exploré su cuerpo y me adentré en su deseo. –El sol me deja pasiva-receptiva –me susurró al oído. La tomé sin miramientos. Le gustó. A mí también.

No habíamos estado mucho tiempo en la playa, dos horas como mucho. Su piel conservaba el calor del sol. La estuve acariciando con morosidad.

–Nos conocimos ayer, bebiendo mojitos. –En realidad no nos conocemos. –Es verdad. –Démonos tiempo. –Tenemos todo el día, nos lo estamos bebiendo. –¿El qué? –El día. –Ah, sí, a besos. Nos lo estamos comiendo y bebiendo a besos.

Y mordí sus labios, y la penetré. Y gozó ella primero, y después de ella me corrí yo, me vacié en ella.

Luego quedé exhausto sobre su cuepo abierto, apalanqué mi peso con los brazos y ella me dijo que no, que me dejara descansar sobre ella. Que le gustaba sentir el peso del hombre encima.

Eso me dijo. –Soy una piedra, niña, te asfixiaré. –No me quejaré, ven. Y apoyé mi torso sobre su pecho y me relajé. Ella me abrazaba.

Al cabo de un rato me separé, hice rodar mi cuerpo y quedé yerto asu lado.

–Me gusta oírte gozar. –¿He gritado mucho? –No creo, solo lo necesario, sí. –Y tú estiras el cuello como un pollo cuando te corres. Como un pollo moribundo.

Estábamos sudados. Oíamos el rumor de las calles de Sitges bajo la terraza y entraba mucha luz en el dormitorio, luz anaranjada.

Le pregunté qué planes tenía. –Seguir follando hasta acabar la botella. –No, me refiero en tu vida.

Se puso seria. Luego me diría que durante aquellos segundos de seriedad consideró si debía decirme o no sus planes. Me lo dijo. Yo la escuché atentamente, pero también vi la playa de guijarros grises, grises como elefantes vistos de lejos. Cuando ella terminó de contarme lo que iba a hacer, solo le hice dos preguntas: –¿Hace mucho que lo tenías planeado? ¿Lo puedes pagar? Me constestó que sí a las dos cosas.

Respiré hondo.

Me levanté y arranqué el condón de mi pene. Fui a la cocina a tirarlo.

–¿Ya sabes cómo se llamará?

–Si es niño, Ernest; si es niña, Hilde.

Volvía estirarme en la cama, mirando el techo. Faltaría una mano de pintura. Ella estiró el brazo, como para posar su mano en mi vientre, como había hecho en la playa. No pude reprimir un gesto de rechazo, me volteé, aparté su mano. En la mesita de noche, frente a mi cara, aún estaba el vaso de agua que ayer me pidió; vacío. Y la caja abierta de los condones.

Sabía que ella me miraba. Ambos estábamos hundidos en una niebla de silencio espesa, pegajosa, viscosa.

Respiro.

Me hubiera gustado saber qué estaba sintiendo. Recapitulé: la conocí ayer y bebimos y nos enrollamos. Pegamos un par de polvos a ciegas, se queda a dormir conmigo, y pasamos la resaca en la cala del Home Mort. El resto del día lo dedicamos a vaciar una botella de buena ginebra. Hemos follado sin parar. Me gusta. Le gusto. Pegamos otro polvo y me dice que ha pensado inseminarse en otoño, que ha decidido ser madre soltera.

Mejor me voy a la ducha. Entonces sonó su teléfono, y ella se incorporó y fue al salón, donde estaba su bolso, a contestar. Yo me meto en el baño, abro el grifo y dejo que llueva sobre mí. Alterno agua fría y caliente. Me pregunto por las razones de un malestar, violento e íntimo, que siento bullir dentro, en el estómago, como un mar de fondo en el bajo vientre que empujara olas de desazón por todo el cuerpo.

Tomo el bote de jabón y me enjabono. El agua es tibia. Froto mi torso, froto el cuello, la cabeza, los brazos, las piernas. Me siento mal. Y no es el exceso de alcohol. Es un terremoto submarino que ha abierto fisuras en la memoria, historias añejas que, sometidas al seismo de lo que me acababa de contar, dejaran salir gases sulfurosos que ascendían hasta la cabeza impidiéndome el pensar y trabándome los gestos. Siento al agua caer sobre la cabeza.

Se abrió la puerta y ella entro en la bañera después de correr la cortina. Se puso detrás de mí, me abrazó y sentí alivio. Repitió varias veces mi nombre.

Luego estiró el brazo, cogió jabón y me enjabonó la espalda. Me frotó el cuerpo en silencio bajo el chorro de agua tibia. Se acuclilló y me frotó piernas y pies. Me hizo darme la vuelta y me acarició el vientre, la entrepierna, el pecho, los hombros, el cuello, los brazos. Entonces la abracé y quise llorar.

Después me secó todo el cuerpo y se secó ella. Abrió la boca para decirme que íbamos a salir de nuevo a la terraza a beber un poco más y dejar reposar lo ocurrido. Asentí.

Nos sentamos en la terraza, frente al cielo que declinaba matices malvas y violetas. Nos servimos sendos gintonics. Tintineaban los hielos en los vasos. El rectángulo de mar que podíamos ver apretado entre dos bloques de pisos brillaba ahora con un azul que se oscurecía por momentos.

From A to Z: seminal image explained

Me puse a leer The federalist. La independencia de Cataluña será una realidad cuando la gente de aquí sopese el lastre que supone ser parte de un país más grande que solamente nos quiere como súbditos paganos. Del mismo modo que las leyes fiscales encendieron la revolución americana, en Cataluña el expolio fiscal español alimentará la tendencia soberanista primero e independentista luego. Es cuestión de tiempo; no faltará mucho. Y para leer el contexto histórico del ensayo de Hamilton, me puse a revisar libros sobre la historia de los Estados Unidos. Y leí Las guerras apaches.

En sus páginas di con Tom Jeffords, amigo que fuera de Cochise, gran jefe de los apaches chiricahuas. Murió el 21 de febrero de 1914. Me interesé por las culturas indígenas del Sudoeste norteamericano: Apaches Lipan, Chiricahuas, Kiowa y Mescaleros; sobrevolé con curiosidad algunos artículos de linguística que me ilustraron sobre la familia de lenguas atabascanas. He descargado y voy leyendo,  memorias de pioneros, scouts y oficiales que sirvieron al US Army durante las guerras indias: Fort Apache, el incidente Bascom… Tengo en la wishlist ensayos sobre los blancos que vivieron en territorio y sociedades indígenas, niños y niñas que, capturados, crecieron como indios, algunos para retornar, otros para luchar para su nueva nación. He revisado películas. Me quedan unas cuantas por ver, muchos libros que procesar. Pero me anima una idea loca que, desde los secanos de Arizona y Sonora, me lleva a las llanuras y barrizales de Flandes.

Y todo ello porque me inflamó la imaginación una hipótesis descabellada: What if Tom Jeffords hubiera apadrinado a un sobrino de Cochise, un chaval joven en el año 14 que, huérfano de padre indio y huérfano también de padrino blanco, hubiera ido a vender caballos a Canadá para, de manera rocambolesca, acabar luchando en Flandes con la 1ª División Canadiense. ¿Era posible concebir que un salvaje apache hubiera tenido ocasión de matar al más bárbaro de los europeos, quien, por aquel entonces, era cabo señalero del Regimiento List que luchaba en Flandes también?…

Una historia de indios. Una historia de guerra. Una manera de contraponer naturaleza y civilización.

Así dio comienzo un año (al menos) de obsesión. Y me permito ponerme monitorio: cuando en este tendal de MiedosLibres aparezca una entradilla con el título From A to Z, sépase: es el autor haciendo el indio y entreteniendo sus días, llenando sus ocios, ocupando sus madrugones; es decir: dando la vara.

When I pause to contemplate my circumstance, / and look back on the road I have traversed…

Como se me ocurrió un día psicotrópico poner los titulillos en inglés, he tenido que buscar la traducción aquí a los versos de Garcilaso que me vienen a la cabeza estos días de drôle de guerre, de bizarra tregua de año nuevo en que ando, regocigándome sabiendo “que a mayor mal pudiera haber llegado”.

No me han traído los Reyes (ni su yerno) los regalos que suelen darse en estas fechas (pues la familia, por francófila y republicana, celebra e intercambia navideños regalos en diciembre, no en enero). Ni carbón tampoco; al revés: algo peor de lo que no quiero hablar ni de lo que puedo quejarme. Alabado sea, amén.

Silencio en este tendal de MiedosLibres, mientras allende el mar nace un Miquel que pugnará (lo sé) por ser medio mexicano y medio catalán, benvingut nadó! Mientras aquende los días de marejada de la teniente de navío dan paso a calmas risueñas, mientras en ocios compartidos he aprendido a convivir con los más fieros de los galos (César dixitHorum omnium fortissimi sunt Belgae, propterea quod a cultu atque humanitate prouinciae longissime absunt, minimeque ad eos mercatores saepe commeant atque ea quae ad effeminandos animos pertinent important). Mientras he sonreído y comprado y jugado y reído y peleado con mis pequeños soles que salen a la calle desde la altura de sus tacones recién estrenados y la sonrisa esquinazada de las niñas que empiezan a saber de qué va la cosa. Duermo viscolásticamente y sonrío, y desayuno sonrisas verticales, y me acuesto entre paliques blanditos y hojeo libros antiguos  y nuevos: placer de desbrozar la casuística paleográfica de las ediciones de Historia de Roma de Livio y explorar, en mi artefacto Kindle, los relatos de antiguos viajeros a Persia en preparación del viaje que pronto me llevará ahí de nuevo (en acto de servicio, alabado sea, amén).

Desatiendo el tendal pero verborreicas suplencias lo llenan de comentarios, que agradezco, aunque deba confesar que no he leído enteros –prolijos, descomunales, generosos. Curiosamente las estadísticas de este blog no se ven alteradas por la publicación o no de artículos. Sigue viniendo mucha gente diariamente a saber qué son los coños pretéritos y otras zarandajas y malestares que en su día aquí tendí a orear y que, desde entonces, campean en los alto del top-ten, (qué cosas, alabado sea, amén). Pero yo no vengo tanto como quisiera, otros asuntos me entretienen de la A a la Z (y ya se irá sabiendo poco a poco a qué me refiero).

Quisiera tener ya en edad de ser comidos el peyote y el sampedro que maduran al sol de mi terraza en la Atalaya de Sitges –pero no hay manzanas en abril, y tardan tres años al menos los cactus en crecer, paciencia, alabada paciencia, amén. Quisiera desde la brumas de una psiconautia y en los remolinos de la psilocibina, escribir y desbordarme, llenar de palabras libres este caudal de miedos libres, desmadrados. Pero trato de ceñirlo al desapego. Vendré cuando me plazca, sin ritmos, según mis posibilidades: no estoy ya tan libre como estuve en pasados meses (alabado sea, amén). Esto del mucho escribir es trabajo de ociosos, está claro. Y al igual que abandono (sin quejumbre, alabadas sean) a las petardas.com y demás mujeres que inflaman bitios, he de abandonar otros hábitos. El de fumar. El de creer que soy bohemio. El de beber culines de ginebra a media mañana para encarar el mediodía y encarrilar la siesta. El de salir a rondar los bosques o las lomas cabe el mar, porque yo lo valgo, sin horarios ni fechas marcadas en rojo, sin deadlines.

Así, toca ahora aprender a disfrutar de los bombones de Marcolini (chocolatier) que la vida me trae. Es lo que hay, y son buenísimos: baste mencionar el orgasmillo de San Antón que produjo, al fundirse en mi boca, una pastilla de chocolate de Caramel-gingembre tal que así. (Merci Hilde & Co!!).

Aunque seguro que, lo sé, no tardaré en enzarzarme en la drôle de guerre. No tengo remedio. No sé hacer otra cosa: palabras que vienen y van; escaramuzas, de la A a la Z.

Canícula (cuento)

Crucé la plaza Mercadal desde la embocadura del carrer Major hacia el Portalet y bajé hasta el río. Enseguida oí una voz que me resultó familiar. La había oído tres días antes. No reconocía la voz exactamente, sino el discurso. Ahí estaba de nuevo, hablando en catalán, pero diciendo lo mismo.

Tres días antes había ido con Mònica a ver la última película de Woody Allen, Midnight in Paris. Me la había comentado, dijo que me interesaría, le dije que iba poco al cine, pero que no me importaría verla; ella añadió que tampoco a ella le importaría volver a verla conmigo. Era agosto, hacía calor en la ciudad. –Vayamos a verla, en el cine estaremos frescos. Y fuimos. Y me gustó la película, y fuimos a un bar al salir del cine y estuvimos comentándola y hablando de muchas otras cosas. Buscamos un sitio fresco donde tomar una copa y alargar la velada, pero la ciudad en agosto no es muy generosa con los sedientos. Nos emplazamos a vernos de nuevo en septiembre para esa copa esquiva que no pudimos hacer al salir del cine. Y me vine a Balaguer, como tenía previsto, y me instalé en la Torre, en la casa vieja, en cuyas gruesas paredes la canícula se padecía menos. Estuve leyendo y dormitando. Por la tarde ayudé un rato a los senegaleses que recogían fruta. Llevaba y traía cubos de peras. Me gustaba estar entre los perales alineados, oyéndoles hablar en su lengua que no entendía, escuchándoles cantar a ratos canciones africanas. El calor era intenso. Uno de los negros, grandullón, me dijo “¡Qué frío!” al darme su cubo lleno de peras para que yo lo descargase en un palet. Nos reímos.

Cuando cayó la tarde me duché y me acerqué al pueblo, cené ligero; y volvía hacia la casa vieja a dormir cuando, al salir del Mercadal y descender por el Portalet hacia el río, escuché a Hemingway sentado en un bistró parisino proclamando que era necesario vivir y amar intensamente para poder escribir, y diciendo a continuación que lo difícil era hacerlo honestamente. Se lo decía al protagonista de Midnight in Paris desde la pantalla de cine que se levantaba en el césped del cauce del Segre, y frente a la cual un centenar de personas ocupaban la mitad de las sillas dispuestas para esa sesión de cine al aire libre. Acodado a la barandilla del puente podía ver y oír la película mientras los coches circulaban detrás de mí.

Tomé el teléfono y llamé a Mònica para decirle lo que estaba pasando, para compartir el pasmo de estar de nuevo viendo la película, aunque ahora doblada al catalán, tres días después de verla con ella en VO en un cine de Barcelona. –Esto merecería un gintonic. –Desde luego, replicó ella, o un ginfizz. –¿Ginfizz? –Sí.
–Bueno, dije, ya buscaré la receta o dónde beberlo con tranquilidad y tiempo. Por encima de la nadería de nuestra charla, sobre todo, me apetecía oír de nuevo su voz, saber de ella. Estuvimos hablando un rato, mientras el protagonista de la película, Gil Pender, era llevado a casa de Gertrude Stein, donde esta criticaba un cuadro de Picasso en presencia de la modelo, Adriana, interpretada por la Cotillard, y trasunto de las muchas amantes de Picasso.

Yo hablaba con Mònica y ella me instó a ver de nuevo el film, a ocupar una de las sillas libres sobre el césped y disfrutar de una segunda lectura, pero al despedirnos y colgar seguí cruzando el puente y me alejé de la película para ir a dormir. La voz recia de Hemingway resonaba en mi memoria. Siempre me ha gustado acostarme pronto para poder madrugar. La previsión meteorológica anunciaba otro día canicular, lo cual significaba que, desde las doce del mediodía hasta las siete u ocho de la tarde, no se puede hacer nada consistente, tanta es el calor y el sopor tan intenso. Prefería recogerme pronto para despertarme al alba y aprovechar las horas más frescas.

Llegué a la casa vieja, y antes de entrar en ella me entretuve mirando las estrellas y el cielo negro. En la oscuridad de la era se movían dos manchas, una clara y la otra oscura: eran los dos gatos de la casa. Los pinos estaban silenciosos. Lejos se oía el rumor de los coches por la carretera, y cerca predominaba el del agua corriente de la acequia. El aljibe, lleno de agua quieta, era un cuadrado de oscuridad donde titilaban las estrellas del cielo.

Pensé en recuperar algún libro de Hemingway y releerlo antes de dormir. Pero me dio pereza trastear en las cajas donde se guardaba mi biblioteca. No me apetecía meterme a remover el desván donde se amontonaban los enseres y muebles de mi vida anterior: estanterías, armarios, camas desarmadas, sofás, cajas y cajones llenos de libros, de vajilla, de lencería… Me apetecía desnudarme y echarme en la cama y relajarme y dormir para, al día siguiente, madrugar y ver el verde de los campos de alfalfa y los plumeros dorados del maíz y las sombras azules de las tórtolas mientras picotean sobre la pinaza que cubre la era a la sombra de los pinos que la delimitan.

Me desnudé. Me tendí en la cama y estiré un brazo y acerqué el grueso tomo que estaba entonces leyendo. A la recherche du temps perdu. Y lo abrí por la página señalada por una etiqueta de Bershka que me servía de marcapáginas, y acomodé un cojín contra el cabezal de la cama y apoyé la espalda en él y el libro sobre mi vientre y… y me dio pereza retomar la lectura.

Me había propuesto leer el novelón de Proust este verano, y aunque había empezado con buen ímpetu (ya habían caído quinientas páginas) últimamente no había tenido la cabeza muy centrada en la lectura. En realidad sospechaba que no tenía la cabeza de ningún modo centrada. Se lo había comentado a Mònica.
–Quizás ahora no toque este libro, había apuntado. No supe qué contestar. Pero ahí estaba yo: desnudo sobre la cama, estirado y con el libro abierto sobre la barriga, sin ganas de leerlo. Lo intenté. Leí algunas frases, un párrafo, tal vez no más de dos páginas. Leía y me oía decir que para qué me interesaba a mí saber con tanto detalle la toilette de la elegante Mme Swann.

Dejé la lectura, cerré el libro y lo aparté. Cerré la luz y los ojos. Por el balcón abierto corría un pellizco de brisa que, a ratos, lamía mi piel con una agradable y sensual delicadeza.

Pensé en la película de Woody Allen. Me había entusiasmado el requiebro de la trama cuando aparece, sin preámbulo, un taxi antiguo al que sube Gil Pender para entrar en los años veinte, para llegar al París de Scott Fitzgerald, de Cole Porter, de Elliot, de Dalí, de Picasso y, claro está, de Hemingway pavoneándose en su condición de veterano de guerra e interpretando el rol de escritor gallito.

Me dije que tenía que meter un taxi antiguo en mi vida, o al menos en aquello que pretendía escribir. Y con este pensamiento me dormí.

Me desperté con una gran erección. Fuera estaba oscuro, pero por Oriente ya clareaba el alba. Bajé a hacerme el café, tratando de recordar el sueño que me había henchido el deseo. Pero no lo logré.

Tomé un segundo café y subí a asearme. Y estando en la ducha me acordé del cuento Nieves del Kilimanjaro. El protagonista, Harry, está herido, se le está gangrenando una pierna. Rememora, con esa lucidez que solo da la agonía, sus placeres y sus días, y recuerda lo mucho que no ha escrito. Están él y su esposa en la sabana africana, creo que se les ha averiado el camión  y esperan ser rescatados por una avioneta. Beben whisky con soda y discuten agriamente, y luego se reconcilian. Hablan. Esperan. Ella sale a cazar. Él recuerda anécdotas que hubiera podido escribir, que no ha escrito. Al final no me queda claro si Harry sobrevive o es salvado.

Pensé en el cuento mientras me duchaba y mientras, luego, me secaba y me vestía.

Después salí de la casa, crucé la era y me senté frente al aljibe y miré el agua verde y estancada. Seguía con la mirada el vuelo de las golondrinas, oía el trino de los pájaros en la fronda de los pinos. Seguía pensando en Harry, y en el taxi antiguo –y en Mònica. Debería subir al desván y rescatar el libro de cuentos de Hemingway y releerlos. Pensé que también me gustaría leer uno que se titula Hills like white elephants, que siempre he considerado el más brillante de sus cuentos, la cumbre de su arte: un relato donde lo que se cuenta no se dice.

Luego la canícula se hizo espesa y su gravidez lo asfixió todo. Y no hice nada.

Miré mucho rato el vuelo de las golondrinas: volaban trazando elipses sobre el aljibe y lo cruzaban rasantes y con el pico creaban círculos de ondas concéntricas que yo miraba deshacerse en el tiempo perdido, imposible, lejos de todo, en que me hallaba.

© Pedro Lluch
21 de agosto de 2011

From A to Z

Arizona landscape

Arizona landscape

La A es la de Arizona, y vino pintada de ocres, de cielos diamantinos, de vientos helados y calores insufribles. Un rancho perdido en las Tortolita Mountains, al noroeste de Tucson. La fecha es el 21 de febrero de 1914.

Flanders Landscape

Flanders Landscape

La Z corresponde a Zonnebeke, en Flandes, vestida de verdes, de grises, de barro ubérrimo y prados cenagosos. La fecha es Octubre o Noviembre del año diecisiete.

¿Cómo llegar de la A a la Z? Más aún: ¿Qué necesidad hay de ir de un punto a otro? ¿Qué compulsión de bâtisseur de labyrinthes me empuja devanar caminos de tinta, meros senderos que se bifurcan y extravían?

Hace cinco años estuve en Flandes. Hace unas semanas, el azar me devolvió a aquel paisaje. Y empezó a hervir en mí un malestar, una inquietud incómoda, un chisporroteo. Con Tyne Cot en la retina, con el recuerdo de la lectura de They call it Passchendaele, me puse a leer historia de los Estados Unidos. No sé decir por qué. Inicialmente me interesaron los founding fathers pero el tumulto de mi curiosidad me arrastró hacia las guerras apaches y el sudoeste (Arizona, Sonora, New Mexico, Chihuahua). Leyendo sobre Cochise, me dije: aquí hay tomate.

¿Cómo pasar de la A a la Z, saltando de letra en letra?

Como se pasa un río, de piedra en piedra, cruzando un puente, o enfangando los pies en el limo de ribera, sintiendo el frío primero, y luego la insensibilidad del frío en los tobillos, en la ropa mojada. Pero no hay ríos caudalosos en Arizona. Y el sistema de drenajes de los prados de Flandes ha sido destruido, y los arroyos van salidos de madre y lo enfangan todo, y el acero que cae del cielo y lo revienta todo ha revuelto la tierra, tronchado los árboles, desbaratado las lindes, ensuciado el alba, en el otoño de 1917 entre Ieper, Kortrijk y Passendale donde está Zonnebeke.

¿Qué necesidad tengo yo de embarrarme, de mancharme, de revolcarme en un año de obsesión? Ninguna. No es necesario hacerlo. No es preciso ni me ha sido encomendado por nadie; sino que de dentro surge, mana, fluye, aiguabarreig, confluencia, mezcla, lío, insomnio, desazón.

Si en este tendal de obsesiones hace tiempo me ocupé del s. XVI español, si vertí bitios en rededor del Graal y otros laberintos, me adentro ahora en las guerras apaches del s. XIX americano y las enlazo con aquellos que hace un siglo hicieron el indio en el frente occidental de la gran guerra.

¿Es una manera de huir? ¿O bien es una manera de tratar de comprender? ¿O una diversión? ¿Una neurosis? ¿Una compulsión? ¿Un mal hábito nefando?

No lo sé. No lo sé todavía. Entre la A y la Z, confío, podré hallar alguna respuesta. Para eso existen los diccionarios.

Remembrance of things past

El sabor del palo de los polos veraniegos, cuya aspereza en la lengua arrastraba las erres del escalofrío.

Los falsos colmillos de jabalí alunado con que abrochábamos las trencas, y el calor espeso de los pantalones de pana, y cómo picaban los jerséis de cuello-cisne.

Las risas de una abuela, que desarbolaban la compostura de su matronal figura.

El clinc-clinc de la otra abuela rebañando con la cuchara el yogur de vidrio mientras termina el parte y nos llama: “Van a echar el un-dos-tres, que miratúquébien: mis nietos se saben mejor las respuestas que los que hablan en la televisión; y si no saben, ¿pa’ qué van?”

El frío de las sábanas de tergal en invierno, y la costura de los pijamas siempre enredando entre las piernas. Los calditos y las tortillas viudas de todas las cenas en aquel comedor pintado de naranja.

El olor de las fotografías recién reveladas.

La sonrisa de papá cuando vino a buscarnos al cole con su coche nuevo: un Renault 5 insultantemente naranja. B-9745-AW era su matrícula. Olía a plástico. Se le salían las ruedas del chasis como a nosotros los ojos de la cara por la sorpresa. Naranja naranjito. Por aquel entonces yo perdía las gafas en los matorrales de rododendros que cercaban el patio del colegio. Mientras las buscaba, arrodillado, me metía en los bolsillos unos insectos divertidos que se hacían una bolita cuando los tocabas. Las gafas eran de pasta, y yo estrábico, y durante un tiempo llevé un parche. Un niño que se llamaba Raúl pintaba siempre soldaditos en tinta negra, nunca usaba colores y le reñían. A mí me gustaban sus dibujos. Y las películas de John Wayne.

Los cipreses azules contra las tapias de un cementerio vistos al pasar desde la carretera en una madrugada funeral, y el frío de las nieblas en la llanura de Urgel.

Los delantales de la padrina, y su moño gris; y la manera tan extraña, miedosa, con que retorcía sus nudosas manos mientras trataba de excusarse por no saber hablar español ante los forasteros.

Los libros del abuelo que no conocí guardados en casa de la abuela: libros de cacerías en la India, en África, lecturas tartarinescas de quien solía salir a espantar perdices por los secanos. También los libros de Derecho, encuadernados en piel, con los títulos serigrafiados en oro, letritas disparejas que, a veces, saltaban. La vieja Ilíada, en un tomito de simil-piel blanca. “On vas amb aquests llibrots?” me decía la abuela (que tenía a mucha honra no leer nada que no fuera el Hola y el Full parroquial; pasaba muchas horas escuchando a Luis del Olmo y a Encarna Sánchez por la radio); yo me iba a la parte de la casa que daba a poniente y leía un rato bañado por el sol, sentado o estirado en un camastro cubierto con una colcha de basta lana rifeña y vivos colores que mi tío había traído de alguno de sus viajes.

Los sombreros de cowboy eran de plástico blando, y los cintos también, con cartuchera; y la placa de sheriff, que no brillaba mucho, y estaba desconchada. Un fular reconvertido se anudaba al cuello para las imposibles polvaredas de nuestros galopes imaginarios; la camisa tenía que ser de cuadros pequeñitos, a poder ser de franela; el caballo era de cartón piedra. Recuerdo que se le desgastó el esquinazo, y cojeaba de una rueda. El revolver era de seis balas, pero el tambor no giraba. Ya lo he dicho: me encantaban las pelis de vaqueros.

Los armarios cerrados del pasillo de casa de la abuela: cuando se abrían la inundaban toda con olor a limpio, a bien doblado; eran sábanas de hilo de Holanda perfumadas con lavanda y alcanfor, esmeradamente planchadas. Era el aliento, la bocanada de varias generaciones de ajuares apretados y en espera de no sé sabe qué.

El desorden de los papeles de colores esparcidos y arrugados por el salón mientras la barahúnda de primos y primas de todas las edades pugnábamos por encontrar el regalo que nos correspondía (recuerdo el relincho feliz –un tanto histérico– de una de mis primas al descubrir una muñeca Nancy). Nuestro tío soltero y la abuela habían ordenado, en un rincón del salón, la montaña de regalos de los muchos nietos (éramos casi una docena entonces) para que los abriésemos antes de la comida de Navidad.

[Felices fiestas a todos. Gracias por estar ahí. Procuraré seguir aquí.]

Search and destroy

Search. Por ejemplo la operación Attleboro, que se desarrolló en otoño del 66 en los bosques de Vietnam del Sur y corrió a cargo de la 196 Brigada de Infantería Ligera. El body-count sumó 2.130 vietnamitas.

O por ejemplo cuando sesteo junto a la radio, que emite música de Max Bruch (concretamente la Fantasía escocesa para violín y orquesta). Me dejo llevar por la nana del violín, acolchan los arpegios mi duermevela y de fondo se oye el murmullo de un patio de vecinos, a ratos el ascensor que sube y baja o un coche que pasa por la calle, aunque ninguno de estos ruidos logra arrebatarme de la melodía que me arropa, que me envuelve y me lleva. Me dejo llevar: tendido en el sofá, relajado, una mano sobre el vientre, que sube y baja con la respiración, el otro brazo extendido a lo largo del cuerpo, con los ojos cerrados y solo atento a la música.

Sigo el ritmo, y en la cabeza invento colores para las volutas que traza el violín, pellizco los agudos con que se estiran y caracolean las notas que, al no poder más, acaban rompiéndose como espumas en el insostenible vértice de una ola, que es la orquesta, que es el mar, que retoma el son y recoge el motivo y lo amplifica, enriquece y lo agranda con matices de verdes nuevos, de rojos de burdeos, de ocres de viñas otoñales.

Pastoral, bucólico, gozo en silencio (y medio adormilado) como un pastorcillo errando por las majadas de notas que me embriagan, paciendo hasta el hartazgo, y me dejo llevar por los paisajes de Escocia que no he visto: landas, arriscadas costas, páramos desiertos, paisajes hermosos y fieros, heredades desoladas por vientos del norte que un castillo, a lo lejos, vigila.

And destroy. Cuando el locutor explica lo que hemos escuchado, quien interpretaba la pieza y acota un par de detalles biográficos antes de dar paso a la publicidad, me levanto enhiesto y fiero. Sin tiempo a buscar en la recién vivida experiencia reminiscencias proustianas (la sonate de Vinteuil), estoy ya buscando brega.

Al cabo, poco queda. Un cansancio. Una debilidad que caracolea en las piernas, que diríase no sabe dónde ubicarse. Y el eco de la paz y su recuerdo plácido, como una dulzura de azucar desleído en el fondo de la taza de café, mezclado con posos amargos de café, de negra excitación..

Contacto y retirada. Contacto/search y retirada/destroy. Busco, encuentro, disfruto; y a continuación, sin explicación, sin razón, sin alternativa, el mucho disfrutar me espanta, y huyo. Destroy.