Con el sol tibio, ese sol blanquecino y aún fresco de marzo, recién desmaquillado de los fríos del invierno, primaveral, iremos a la playa.
Sobre la arena nos tenderemos y nos dejaremos abrazar por la luz, nos dejaremos sobrevolar por las gaviotas, marcaremos nuestra piel con granitos de arena. Oiremos conmovidos el ritmo manso de las olas, el pertinaz y reiterado empuje del mar contra la playa. Cerraremos los ojos. Acaso nos demos las manos. O simplemente yaceremos uno cabe el otro, sin hablar, sin tener sed, sin hambre, sin deseo, respirando plácidamente al ritmo de la mar, sintiendo el sol, sintiendo la arena.
La tierra, y su mansedumbre inconmovible, nos llenará. El mar, el imparable mar, nos mecerá. El sol, el incombustible sol, nos calentará.
Sin deseo, sin ansia, sin prisas, jugaremos a ser animales descansando en el arenal.





Actirastia