Archivo mensual: diciembre 2011

Canícula (cuento)

Crucé la plaza Mercadal desde la embocadura del carrer Major hacia el Portalet y bajé hasta el río. Enseguida oí una voz que me resultó familiar. La había oído tres días antes. No reconocía la voz exactamente, sino el discurso. Ahí estaba de nuevo, hablando en catalán, pero diciendo lo mismo.

Tres días antes había ido con Mònica a ver la última película de Woody Allen, Midnight in Paris. Me la había comentado, dijo que me interesaría, le dije que iba poco al cine, pero que no me importaría verla; ella añadió que tampoco a ella le importaría volver a verla conmigo. Era agosto, hacía calor en la ciudad. –Vayamos a verla, en el cine estaremos frescos. Y fuimos. Y me gustó la película, y fuimos a un bar al salir del cine y estuvimos comentándola y hablando de muchas otras cosas. Buscamos un sitio fresco donde tomar una copa y alargar la velada, pero la ciudad en agosto no es muy generosa con los sedientos. Nos emplazamos a vernos de nuevo en septiembre para esa copa esquiva que no pudimos hacer al salir del cine. Y me vine a Balaguer, como tenía previsto, y me instalé en la Torre, en la casa vieja, en cuyas gruesas paredes la canícula se padecía menos. Estuve leyendo y dormitando. Por la tarde ayudé un rato a los senegaleses que recogían fruta. Llevaba y traía cubos de peras. Me gustaba estar entre los perales alineados, oyéndoles hablar en su lengua que no entendía, escuchándoles cantar a ratos canciones africanas. El calor era intenso. Uno de los negros, grandullón, me dijo “¡Qué frío!” al darme su cubo lleno de peras para que yo lo descargase en un palet. Nos reímos.

Cuando cayó la tarde me duché y me acerqué al pueblo, cené ligero; y volvía hacia la casa vieja a dormir cuando, al salir del Mercadal y descender por el Portalet hacia el río, escuché a Hemingway sentado en un bistró parisino proclamando que era necesario vivir y amar intensamente para poder escribir, y diciendo a continuación que lo difícil era hacerlo honestamente. Se lo decía al protagonista de Midnight in Paris desde la pantalla de cine que se levantaba en el césped del cauce del Segre, y frente a la cual un centenar de personas ocupaban la mitad de las sillas dispuestas para esa sesión de cine al aire libre. Acodado a la barandilla del puente podía ver y oír la película mientras los coches circulaban detrás de mí.

Tomé el teléfono y llamé a Mònica para decirle lo que estaba pasando, para compartir el pasmo de estar de nuevo viendo la película, aunque ahora doblada al catalán, tres días después de verla con ella en VO en un cine de Barcelona. –Esto merecería un gintonic. –Desde luego, replicó ella, o un ginfizz. –¿Ginfizz? –Sí.
–Bueno, dije, ya buscaré la receta o dónde beberlo con tranquilidad y tiempo. Por encima de la nadería de nuestra charla, sobre todo, me apetecía oír de nuevo su voz, saber de ella. Estuvimos hablando un rato, mientras el protagonista de la película, Gil Pender, era llevado a casa de Gertrude Stein, donde esta criticaba un cuadro de Picasso en presencia de la modelo, Adriana, interpretada por la Cotillard, y trasunto de las muchas amantes de Picasso.

Yo hablaba con Mònica y ella me instó a ver de nuevo el film, a ocupar una de las sillas libres sobre el césped y disfrutar de una segunda lectura, pero al despedirnos y colgar seguí cruzando el puente y me alejé de la película para ir a dormir. La voz recia de Hemingway resonaba en mi memoria. Siempre me ha gustado acostarme pronto para poder madrugar. La previsión meteorológica anunciaba otro día canicular, lo cual significaba que, desde las doce del mediodía hasta las siete u ocho de la tarde, no se puede hacer nada consistente, tanta es el calor y el sopor tan intenso. Prefería recogerme pronto para despertarme al alba y aprovechar las horas más frescas.

Llegué a la casa vieja, y antes de entrar en ella me entretuve mirando las estrellas y el cielo negro. En la oscuridad de la era se movían dos manchas, una clara y la otra oscura: eran los dos gatos de la casa. Los pinos estaban silenciosos. Lejos se oía el rumor de los coches por la carretera, y cerca predominaba el del agua corriente de la acequia. El aljibe, lleno de agua quieta, era un cuadrado de oscuridad donde titilaban las estrellas del cielo.

Pensé en recuperar algún libro de Hemingway y releerlo antes de dormir. Pero me dio pereza trastear en las cajas donde se guardaba mi biblioteca. No me apetecía meterme a remover el desván donde se amontonaban los enseres y muebles de mi vida anterior: estanterías, armarios, camas desarmadas, sofás, cajas y cajones llenos de libros, de vajilla, de lencería… Me apetecía desnudarme y echarme en la cama y relajarme y dormir para, al día siguiente, madrugar y ver el verde de los campos de alfalfa y los plumeros dorados del maíz y las sombras azules de las tórtolas mientras picotean sobre la pinaza que cubre la era a la sombra de los pinos que la delimitan.

Me desnudé. Me tendí en la cama y estiré un brazo y acerqué el grueso tomo que estaba entonces leyendo. A la recherche du temps perdu. Y lo abrí por la página señalada por una etiqueta de Bershka que me servía de marcapáginas, y acomodé un cojín contra el cabezal de la cama y apoyé la espalda en él y el libro sobre mi vientre y… y me dio pereza retomar la lectura.

Me había propuesto leer el novelón de Proust este verano, y aunque había empezado con buen ímpetu (ya habían caído quinientas páginas) últimamente no había tenido la cabeza muy centrada en la lectura. En realidad sospechaba que no tenía la cabeza de ningún modo centrada. Se lo había comentado a Mònica.
–Quizás ahora no toque este libro, había apuntado. No supe qué contestar. Pero ahí estaba yo: desnudo sobre la cama, estirado y con el libro abierto sobre la barriga, sin ganas de leerlo. Lo intenté. Leí algunas frases, un párrafo, tal vez no más de dos páginas. Leía y me oía decir que para qué me interesaba a mí saber con tanto detalle la toilette de la elegante Mme Swann.

Dejé la lectura, cerré el libro y lo aparté. Cerré la luz y los ojos. Por el balcón abierto corría un pellizco de brisa que, a ratos, lamía mi piel con una agradable y sensual delicadeza.

Pensé en la película de Woody Allen. Me había entusiasmado el requiebro de la trama cuando aparece, sin preámbulo, un taxi antiguo al que sube Gil Pender para entrar en los años veinte, para llegar al París de Scott Fitzgerald, de Cole Porter, de Elliot, de Dalí, de Picasso y, claro está, de Hemingway pavoneándose en su condición de veterano de guerra e interpretando el rol de escritor gallito.

Me dije que tenía que meter un taxi antiguo en mi vida, o al menos en aquello que pretendía escribir. Y con este pensamiento me dormí.

Me desperté con una gran erección. Fuera estaba oscuro, pero por Oriente ya clareaba el alba. Bajé a hacerme el café, tratando de recordar el sueño que me había henchido el deseo. Pero no lo logré.

Tomé un segundo café y subí a asearme. Y estando en la ducha me acordé del cuento Nieves del Kilimanjaro. El protagonista, Harry, está herido, se le está gangrenando una pierna. Rememora, con esa lucidez que solo da la agonía, sus placeres y sus días, y recuerda lo mucho que no ha escrito. Están él y su esposa en la sabana africana, creo que se les ha averiado el camión  y esperan ser rescatados por una avioneta. Beben whisky con soda y discuten agriamente, y luego se reconcilian. Hablan. Esperan. Ella sale a cazar. Él recuerda anécdotas que hubiera podido escribir, que no ha escrito. Al final no me queda claro si Harry sobrevive o es salvado.

Pensé en el cuento mientras me duchaba y mientras, luego, me secaba y me vestía.

Después salí de la casa, crucé la era y me senté frente al aljibe y miré el agua verde y estancada. Seguía con la mirada el vuelo de las golondrinas, oía el trino de los pájaros en la fronda de los pinos. Seguía pensando en Harry, y en el taxi antiguo –y en Mònica. Debería subir al desván y rescatar el libro de cuentos de Hemingway y releerlos. Pensé que también me gustaría leer uno que se titula Hills like white elephants, que siempre he considerado el más brillante de sus cuentos, la cumbre de su arte: un relato donde lo que se cuenta no se dice.

Luego la canícula se hizo espesa y su gravidez lo asfixió todo. Y no hice nada.

Miré mucho rato el vuelo de las golondrinas: volaban trazando elipses sobre el aljibe y lo cruzaban rasantes y con el pico creaban círculos de ondas concéntricas que yo miraba deshacerse en el tiempo perdido, imposible, lejos de todo, en que me hallaba.

© Pedro Lluch
21 de agosto de 2011

From A to Z

Arizona landscape

Arizona landscape

La A es la de Arizona, y vino pintada de ocres, de cielos diamantinos, de vientos helados y calores insufribles. Un rancho perdido en las Tortolita Mountains, al noroeste de Tucson. La fecha es el 21 de febrero de 1914.

Flanders Landscape

Flanders Landscape

La Z corresponde a Zonnebeke, en Flandes, vestida de verdes, de grises, de barro ubérrimo y prados cenagosos. La fecha es Octubre o Noviembre del año diecisiete.

¿Cómo llegar de la A a la Z? Más aún: ¿Qué necesidad hay de ir de un punto a otro? ¿Qué compulsión de bâtisseur de labyrinthes me empuja devanar caminos de tinta, meros senderos que se bifurcan y extravían?

Hace cinco años estuve en Flandes. Hace unas semanas, el azar me devolvió a aquel paisaje. Y empezó a hervir en mí un malestar, una inquietud incómoda, un chisporroteo. Con Tyne Cot en la retina, con el recuerdo de la lectura de They call it Passchendaele, me puse a leer historia de los Estados Unidos. No sé decir por qué. Inicialmente me interesaron los founding fathers pero el tumulto de mi curiosidad me arrastró hacia las guerras apaches y el sudoeste (Arizona, Sonora, New Mexico, Chihuahua). Leyendo sobre Cochise, me dije: aquí hay tomate.

¿Cómo pasar de la A a la Z, saltando de letra en letra?

Como se pasa un río, de piedra en piedra, cruzando un puente, o enfangando los pies en el limo de ribera, sintiendo el frío primero, y luego la insensibilidad del frío en los tobillos, en la ropa mojada. Pero no hay ríos caudalosos en Arizona. Y el sistema de drenajes de los prados de Flandes ha sido destruido, y los arroyos van salidos de madre y lo enfangan todo, y el acero que cae del cielo y lo revienta todo ha revuelto la tierra, tronchado los árboles, desbaratado las lindes, ensuciado el alba, en el otoño de 1917 entre Ieper, Kortrijk y Passendale donde está Zonnebeke.

¿Qué necesidad tengo yo de embarrarme, de mancharme, de revolcarme en un año de obsesión? Ninguna. No es necesario hacerlo. No es preciso ni me ha sido encomendado por nadie; sino que de dentro surge, mana, fluye, aiguabarreig, confluencia, mezcla, lío, insomnio, desazón.

Si en este tendal de obsesiones hace tiempo me ocupé del s. XVI español, si vertí bitios en rededor del Graal y otros laberintos, me adentro ahora en las guerras apaches del s. XIX americano y las enlazo con aquellos que hace un siglo hicieron el indio en el frente occidental de la gran guerra.

¿Es una manera de huir? ¿O bien es una manera de tratar de comprender? ¿O una diversión? ¿Una neurosis? ¿Una compulsión? ¿Un mal hábito nefando?

No lo sé. No lo sé todavía. Entre la A y la Z, confío, podré hallar alguna respuesta. Para eso existen los diccionarios.

Remembrance of things past

El sabor del palo de los polos veraniegos, cuya aspereza en la lengua arrastraba las erres del escalofrío.

Los falsos colmillos de jabalí alunado con que abrochábamos las trencas, y el calor espeso de los pantalones de pana, y cómo picaban los jerséis de cuello-cisne.

Las risas de una abuela, que desarbolaban la compostura de su matronal figura.

El clinc-clinc de la otra abuela rebañando con la cuchara el yogur de vidrio mientras termina el parte y nos llama: “Van a echar el un-dos-tres, que miratúquébien: mis nietos se saben mejor las respuestas que los que hablan en la televisión; y si no saben, ¿pa’ qué van?”

El frío de las sábanas de tergal en invierno, y la costura de los pijamas siempre enredando entre las piernas. Los calditos y las tortillas viudas de todas las cenas en aquel comedor pintado de naranja.

El olor de las fotografías recién reveladas.

La sonrisa de papá cuando vino a buscarnos al cole con su coche nuevo: un Renault 5 insultantemente naranja. B-9745-AW era su matrícula. Olía a plástico. Se le salían las ruedas del chasis como a nosotros los ojos de la cara por la sorpresa. Naranja naranjito. Por aquel entonces yo perdía las gafas en los matorrales de rododendros que cercaban el patio del colegio. Mientras las buscaba, arrodillado, me metía en los bolsillos unos insectos divertidos que se hacían una bolita cuando los tocabas. Las gafas eran de pasta, y yo estrábico, y durante un tiempo llevé un parche. Un niño que se llamaba Raúl pintaba siempre soldaditos en tinta negra, nunca usaba colores y le reñían. A mí me gustaban sus dibujos. Y las películas de John Wayne.

Los cipreses azules contra las tapias de un cementerio vistos al pasar desde la carretera en una madrugada funeral, y el frío de las nieblas en la llanura de Urgel.

Los delantales de la padrina, y su moño gris; y la manera tan extraña, miedosa, con que retorcía sus nudosas manos mientras trataba de excusarse por no saber hablar español ante los forasteros.

Los libros del abuelo que no conocí guardados en casa de la abuela: libros de cacerías en la India, en África, lecturas tartarinescas de quien solía salir a espantar perdices por los secanos. También los libros de Derecho, encuadernados en piel, con los títulos serigrafiados en oro, letritas disparejas que, a veces, saltaban. La vieja Ilíada, en un tomito de simil-piel blanca. “On vas amb aquests llibrots?” me decía la abuela (que tenía a mucha honra no leer nada que no fuera el Hola y el Full parroquial; pasaba muchas horas escuchando a Luis del Olmo y a Encarna Sánchez por la radio); yo me iba a la parte de la casa que daba a poniente y leía un rato bañado por el sol, sentado o estirado en un camastro cubierto con una colcha de basta lana rifeña y vivos colores que mi tío había traído de alguno de sus viajes.

Los sombreros de cowboy eran de plástico blando, y los cintos también, con cartuchera; y la placa de sheriff, que no brillaba mucho, y estaba desconchada. Un fular reconvertido se anudaba al cuello para las imposibles polvaredas de nuestros galopes imaginarios; la camisa tenía que ser de cuadros pequeñitos, a poder ser de franela; el caballo era de cartón piedra. Recuerdo que se le desgastó el esquinazo, y cojeaba de una rueda. El revolver era de seis balas, pero el tambor no giraba. Ya lo he dicho: me encantaban las pelis de vaqueros.

Los armarios cerrados del pasillo de casa de la abuela: cuando se abrían la inundaban toda con olor a limpio, a bien doblado; eran sábanas de hilo de Holanda perfumadas con lavanda y alcanfor, esmeradamente planchadas. Era el aliento, la bocanada de varias generaciones de ajuares apretados y en espera de no sé sabe qué.

El desorden de los papeles de colores esparcidos y arrugados por el salón mientras la barahúnda de primos y primas de todas las edades pugnábamos por encontrar el regalo que nos correspondía (recuerdo el relincho feliz –un tanto histérico– de una de mis primas al descubrir una muñeca Nancy). Nuestro tío soltero y la abuela habían ordenado, en un rincón del salón, la montaña de regalos de los muchos nietos (éramos casi una docena entonces) para que los abriésemos antes de la comida de Navidad.

[Felices fiestas a todos. Gracias por estar ahí. Procuraré seguir aquí.]

Search and destroy

Search. Por ejemplo la operación Attleboro, que se desarrolló en otoño del 66 en los bosques de Vietnam del Sur y corrió a cargo de la 196 Brigada de Infantería Ligera. El body-count sumó 2.130 vietnamitas.

O por ejemplo cuando sesteo junto a la radio, que emite música de Max Bruch (concretamente la Fantasía escocesa para violín y orquesta). Me dejo llevar por la nana del violín, acolchan los arpegios mi duermevela y de fondo se oye el murmullo de un patio de vecinos, a ratos el ascensor que sube y baja o un coche que pasa por la calle, aunque ninguno de estos ruidos logra arrebatarme de la melodía que me arropa, que me envuelve y me lleva. Me dejo llevar: tendido en el sofá, relajado, una mano sobre el vientre, que sube y baja con la respiración, el otro brazo extendido a lo largo del cuerpo, con los ojos cerrados y solo atento a la música.

Sigo el ritmo, y en la cabeza invento colores para las volutas que traza el violín, pellizco los agudos con que se estiran y caracolean las notas que, al no poder más, acaban rompiéndose como espumas en el insostenible vértice de una ola, que es la orquesta, que es el mar, que retoma el son y recoge el motivo y lo amplifica, enriquece y lo agranda con matices de verdes nuevos, de rojos de burdeos, de ocres de viñas otoñales.

Pastoral, bucólico, gozo en silencio (y medio adormilado) como un pastorcillo errando por las majadas de notas que me embriagan, paciendo hasta el hartazgo, y me dejo llevar por los paisajes de Escocia que no he visto: landas, arriscadas costas, páramos desiertos, paisajes hermosos y fieros, heredades desoladas por vientos del norte que un castillo, a lo lejos, vigila.

And destroy. Cuando el locutor explica lo que hemos escuchado, quien interpretaba la pieza y acota un par de detalles biográficos antes de dar paso a la publicidad, me levanto enhiesto y fiero. Sin tiempo a buscar en la recién vivida experiencia reminiscencias proustianas (la sonate de Vinteuil), estoy ya buscando brega.

Al cabo, poco queda. Un cansancio. Una debilidad que caracolea en las piernas, que diríase no sabe dónde ubicarse. Y el eco de la paz y su recuerdo plácido, como una dulzura de azucar desleído en el fondo de la taza de café, mezclado con posos amargos de café, de negra excitación..

Contacto y retirada. Contacto/search y retirada/destroy. Busco, encuentro, disfruto; y a continuación, sin explicación, sin razón, sin alternativa, el mucho disfrutar me espanta, y huyo. Destroy.

In Flanders fields

In Flanders fields the poppies blow
Between the crosses, row on row,
That mark our place; and in the sky
The larks, still bravely singing, fly
Scarce heard amid the guns below.

We are the Dead. Short days ago
We lived, felt dawn, saw sunset glow,
Loved and were loved, and now we lie,
In Flanders fields.

Take up our quarrel with the foe:
To you from failing hands we throw
The torch; be yours to hold it high.
If ye break faith with us who die
We shall not sleep, though poppies grow
In Flanders fields.

John Mc Crae

No es posible recorrer Flandes sin pensar en la guerra. Y vuelvo a recorrer la campiña de Flandes bajo la capota grávida de un otoño que quiere ya ser invierno. El frío de bisturí va de un lado al otro a lomos del viento sobre los pastos, sobre los pueblos, sobre las carreteras que nos llevan de Bruselas al Sur. La reunión es cerca de Zonnebeke, en una zona industrial entre Ieper y Kortrijk.

Otra vez Passendale. Otra vez Zonnebeke, Gheluweld… Y Tyne Cot. Estos pueblos, estas aldeas (Passchendaele –según reseñan las crónicas oficiales– es apenas a typical crossroads village in Flanders), estos llanos y pastos bien regados de los cuales nada sabía yo hace cinco años, súbitamente, tras haber sido plantados en mí por el azar de las reuniones, adquieren una germinal importancia. De estas casualidades está hecha la literatura.

Al volver me zambullo en internet y descubro que en estas tierras estuvo corriendo de un lado al otro un pequeño cabo malhumorado que se haría famoso con el tiempo, tristemente famoso. En el 16º Regimiento de la 10ª División Bávara sirvió Adolf Hitler como Meldegänger (correo) entre los puestos de mando y las trincheras de primera línea, una tarea muy peligrosa, pues ha de recorrer los no-man’s-lands a lo largo del día y de la noche. Fue afortunado, desafortunadamente: Mensch, für dich gibt es keine Kugel!

Sobrevivió. Incluso fue galardonado con la Cruz de Hierro por apresar a cuatro franceses despistados.  En 1940, el que fuera capitán Guttman que le recomendó entonces para la medalla huyó de Bruselas hacia Francia y España hasta su exilio en Estados Unidos; era judío.

Y se dan más cosas curiosas… que ya se contarán.

La cuestión importante es esta: sí, he pensado en la guerra mientras recorría Flandes. Sí. Y me gusta. Todavía no me quita el sueño, though poppies grow / In Flanders fields.

Y, así, poco a poco amanece en Passchendaele…

[Fotografía de Frank Hurley, Dawn in Passchendaele, 1917.]

Ladder of evasion

En primavera fui a la Fundación Miró buscando los grandes trípticos de Miró. No los encontré entonces. Ahora se exponen en la gran exposición antológica bajo el título L’escala de l’evasió.

Vale la pena recorrer la exposición y perder tiempo frente a los cuadros para ganar dimensión, sustancia, hondura. En la sociedad de las imágenes en que estamos inmersos, prestar un rato (ratito) de atención a imágenes que no son solamente chicas en braguitas que no pasan frío en las paradas de autobús (o futbolistas o coches) es conveniente.

Piérdanse diez minutos frente al tríptico Blau (cuyo panel central abre estas líneas), o frente al tríptico La darrera esperança del condemnat a mort:

Procúrese un momento de libertad para perderse en los detalles de La masia:

Joan Miró es el pintor de los colorines, de los garabatos. “Mi hija de tres años también pinta así” es frase manida, soplapollas, común, necia y habitual.

Yo quisiera señalar cómo este pintor es capaz de pasar de lo menudo (la lagartija, las grietas en la pared, los cachivaches de la casa y los aperos de labranza, los surcos del huerto y los detalles de la corteza del almez de la era en La Masia…) a lo cósmico (de Blau I, II i IIIle grand bleu y sus piedras negras, o agujeros negros, o estrellas romas en negativo, y el tajo, la herida, el sexo, la luz en el azul perdida…) desde lo local: cuatro llamaradas y una barretina de payés catalán dan el retrato de un país de ojos abiertos, aferrado a su luz, a sus sabores, a su provinciana condición: El pagès català.

Quince minutos dan para mucho, frente a este tríptico:

Yo, hombre de laberintos, me extravié en el mar, busqué las islitas señaladas en los mapas de mi incomodidad, tracé diagonales para ordenar y domeñar la fuerza que se me erguía delante (y fue en vano), y me aferré a la herida que todos llevamos dentro, roja, menstruante, y me peleé por enderezar la grieta del panel de la izquierda. A los seis minutos estaba agotado. Me tuve que aceptar incapaz de poner orden, de entender, de “pensar” el tríptico. Desistí de salvarme y me hundí en el gran azul, floté de piedra en piedra, jugué como un niño cruzando una riera sin querer mojarme los pies, respiré hondo, me llené de luz, me bañé en ella, me tendí desnudo al sol, me dejé mecer, acaricié las manchas negras. Respiraba los manchones, me rebozaba en ellos como un niño en la playa.

Al cabo de diez minutos seguía sin entender nada. Pero ya no me peleaba conmigo mismo y el universo. Luego siguieron cinco minutos de paz.

Que aún duran.

Currently reading

Je vivais comme tout le monde, regardant la vie avec les yeux ouverts et aveugles de l’homme, sans m’étonner et sans comprendre. Je vivais comme vivent les bêtes, comme nous vivons tous, accomplissant toutes les fonctions de l’existence, examinant et croyant voir, croyant savoir, croyant connaître ce qui m’entoure, quand, un jour, je me suis aperçu que tout est faux.

Maupassant, Lettre d’un fou, 1885

Passendale, again and again

A finales de septiembre, o acaso octubre, del año 2006 recorrí los campos de batalla de Flandes, desde Passendale a Zonnebeke, caminando por los caminos bajo el azul del cielo, y me paré, conmovido, en el mayor cementerio militar de Europa, Tyne Cot. Lloré. Así lo conté en Proscritos.

Si hace unos días me sorprendía la vida con un viaje a Dubai, hoy he doblado la sorpresa sabiendo que el destino de mi escapada laboral del próximo lunes será en las afueras de Ieper (Ypres), entre Ieper y Kortrijk (Courtrai). Otra vez Passendaele, o Passchendaele según consta en las historias militares. ¿Qué añadir al artículo del 2006? Poca cosa.

Una sonrisa, acaso. Y una reflexión que la borre. No somos nada, ni sabemos nada. Ni sabremos nunca nada.

Van ocurriendo cosas, nos lleva el tiempo por los cauces de la vida sin que tengamos control ninguno sobre el curso de las cosas. La vida, creo que dejó dicho Juan de Mairena (o uno de sus discípulos), es aquello que acontece mientras ocurre. O mientras hacemos planes en la ducha, según dijera John Lennon. Ahora aquí, en Barcelona, o en el Montseny, ahora en la consulta del dentista, o en un telar, o en un paritorio, o en el notario, o en la chacinería, o donde Cristo perdió el gorro, o comiendo sardinas en una lonja de Santander, o chuletas junto al río Dniéper, en un cuartel, o en la gasolinera de Rijeka, o en un garito hediondo de la calle Istiklal de Istambul, o en una playa desierta o en la jungla tropical bebiendo cerveza con hielos, en un mirador sobre el mar en Beirut, en una discoteca de Casablanca, en el dormitorio de la abuela agónica. En brazos de la morena, en el recuerdo de la rubia, en el triángulo crespo de muchas mujeres, en el recuerdo del sabor de algunos hombres, en las copas llenas de la cuadrilla, en el último trago de las botellas, en la última calada del pitillo. Van ocurriendo cosas.

Y la guerra sigue. Y al final resultará que ni siquiera ha comenzado. Porque podemos volver a Passendale, podemos recorrer de nuevo, again and again, su tierra ubérrima, rica de tanta podredumbre, víctima de la artillería; véase cómo quedó el pueblo en la siguiente foto, que muestra Passendale antes de la batalla y después.

Passendale está ahí (con sus muertos bávaros, canadienses, escoceces, británicos y prusianos). Y con ojos que lo recorran, again and again, nuevas luces, colores nuevos, tal vez, puedan dar color al sepia del recuerdo, a las siluetas, olor al fango, al musgo, al frío de las trincheras de entonces. Que no muy diferentes son a las de hoy.

Wisdom tooth

Tras hacer unos recados por el centro, me entretengo viendo el manchón naranja del sol mientras se pone sobre el mar. Vuelvo a casa apretando el paso, porque me siento débil y me duelen los huesos, pero dando gracias de mi catarrito y loando a la providencia por estar vivo y poder irme a casa a tomar otro paracetamol que aliviará mis achaques.

Camino por las calles vacías de la Blanca Subur invernal, con la boca ensangrentada, con media boca anestesiada, con la sonrisa a media asta, la lengua torpe, sin oír nada, sin querer oír nada –los tapones puestos en los oídos–, mirando las calles desiertas, como flotando, pasando frente a las terrazas vacías, recorriendo las fachadas encaladas, ribeteadas de azul, parándome a mirar el mar manso, mirando a dos novios melosos que también miran el mar. Recorro las calles de Sitges como si fuera una película antigua. La luz del crepúsculo tiñe de gris los colores, y todas las superficies adquieren una granularidad de foto antigua, de daguerrotipo descolorido.

Marta me invitaba ayer a visitar la sala de espera de un hospital materno-infantil.  Instead, he ido al dentista a hacerme arrancar una muela del juicio.  Masco el hierro de la herida mientras camino y paseo por las calles como sobrevolándolas, confundido por las brumas vespertinas, por los destellos de un coche patrulla que cruza a lo lejos en silencio, por el fragor de un tren que no oigo y que solo veo pasar. Hay corrillos de gente que charlan alrededor de una marquesina de bus: mueven la boca, los labios, se miran a los ojos, hacen gestos con las manos. No oigo nada.

Sonrío como un idiota, con media sonrisa a tuertas.

 

 

[La ilustración la he robado de aquí.]