Crucé la plaza Mercadal desde la embocadura del carrer Major hacia el Portalet y bajé hasta el río. Enseguida oí una voz que me resultó familiar. La había oído tres días antes. No reconocía la voz exactamente, sino el discurso. Ahí estaba de nuevo, hablando en catalán, pero diciendo lo mismo.
Tres días antes había ido con Mònica a ver la última película de Woody Allen, Midnight in Paris. Me la había comentado, dijo que me interesaría, le dije que iba poco al cine, pero que no me importaría verla; ella añadió que tampoco a ella le importaría volver a verla conmigo. Era agosto, hacía calor en la ciudad. –Vayamos a verla, en el cine estaremos frescos. Y fuimos. Y me gustó la película, y fuimos a un bar al salir del cine y estuvimos comentándola y hablando de muchas otras cosas. Buscamos un sitio fresco donde tomar una copa y alargar la velada, pero la ciudad en agosto no es muy generosa con los sedientos. Nos emplazamos a vernos de nuevo en septiembre para esa copa esquiva que no pudimos hacer al salir del cine. Y me vine a Balaguer, como tenía previsto, y me instalé en la Torre, en la casa vieja, en cuyas gruesas paredes la canícula se padecía menos. Estuve leyendo y dormitando. Por la tarde ayudé un rato a los senegaleses que recogían fruta. Llevaba y traía cubos de peras. Me gustaba estar entre los perales alineados, oyéndoles hablar en su lengua que no entendía, escuchándoles cantar a ratos canciones africanas. El calor era intenso. Uno de los negros, grandullón, me dijo “¡Qué frío!” al darme su cubo lleno de peras para que yo lo descargase en un palet. Nos reímos.
Cuando cayó la tarde me duché y me acerqué al pueblo, cené ligero; y volvía hacia la casa vieja a dormir cuando, al salir del Mercadal y descender por el Portalet hacia el río, escuché a Hemingway sentado en un bistró parisino proclamando que era necesario vivir y amar intensamente para poder escribir, y diciendo a continuación que lo difícil era hacerlo honestamente. Se lo decía al protagonista de Midnight in Paris desde la pantalla de cine que se levantaba en el césped del cauce del Segre, y frente a la cual un centenar de personas ocupaban la mitad de las sillas dispuestas para esa sesión de cine al aire libre. Acodado a la barandilla del puente podía ver y oír la película mientras los coches circulaban detrás de mí.
Tomé el teléfono y llamé a Mònica para decirle lo que estaba pasando, para compartir el pasmo de estar de nuevo viendo la película, aunque ahora doblada al catalán, tres días después de verla con ella en VO en un cine de Barcelona. –Esto merecería un gintonic. –Desde luego, replicó ella, o un ginfizz. –¿Ginfizz? –Sí.
–Bueno, dije, ya buscaré la receta o dónde beberlo con tranquilidad y tiempo. Por encima de la nadería de nuestra charla, sobre todo, me apetecía oír de nuevo su voz, saber de ella. Estuvimos hablando un rato, mientras el protagonista de la película, Gil Pender, era llevado a casa de Gertrude Stein, donde esta criticaba un cuadro de Picasso en presencia de la modelo, Adriana, interpretada por la Cotillard, y trasunto de las muchas amantes de Picasso.
Yo hablaba con Mònica y ella me instó a ver de nuevo el film, a ocupar una de las sillas libres sobre el césped y disfrutar de una segunda lectura, pero al despedirnos y colgar seguí cruzando el puente y me alejé de la película para ir a dormir. La voz recia de Hemingway resonaba en mi memoria. Siempre me ha gustado acostarme pronto para poder madrugar. La previsión meteorológica anunciaba otro día canicular, lo cual significaba que, desde las doce del mediodía hasta las siete u ocho de la tarde, no se puede hacer nada consistente, tanta es el calor y el sopor tan intenso. Prefería recogerme pronto para despertarme al alba y aprovechar las horas más frescas.
Llegué a la casa vieja, y antes de entrar en ella me entretuve mirando las estrellas y el cielo negro. En la oscuridad de la era se movían dos manchas, una clara y la otra oscura: eran los dos gatos de la casa. Los pinos estaban silenciosos. Lejos se oía el rumor de los coches por la carretera, y cerca predominaba el del agua corriente de la acequia. El aljibe, lleno de agua quieta, era un cuadrado de oscuridad donde titilaban las estrellas del cielo.
Pensé en recuperar algún libro de Hemingway y releerlo antes de dormir. Pero me dio pereza trastear en las cajas donde se guardaba mi biblioteca. No me apetecía meterme a remover el desván donde se amontonaban los enseres y muebles de mi vida anterior: estanterías, armarios, camas desarmadas, sofás, cajas y cajones llenos de libros, de vajilla, de lencería… Me apetecía desnudarme y echarme en la cama y relajarme y dormir para, al día siguiente, madrugar y ver el verde de los campos de alfalfa y los plumeros dorados del maíz y las sombras azules de las tórtolas mientras picotean sobre la pinaza que cubre la era a la sombra de los pinos que la delimitan.
Me desnudé. Me tendí en la cama y estiré un brazo y acerqué el grueso tomo que estaba entonces leyendo. A la recherche du temps perdu. Y lo abrí por la página señalada por una etiqueta de Bershka que me servía de marcapáginas, y acomodé un cojín contra el cabezal de la cama y apoyé la espalda en él y el libro sobre mi vientre y… y me dio pereza retomar la lectura.
Me había propuesto leer el novelón de Proust este verano, y aunque había empezado con buen ímpetu (ya habían caído quinientas páginas) últimamente no había tenido la cabeza muy centrada en la lectura. En realidad sospechaba que no tenía la cabeza de ningún modo centrada. Se lo había comentado a Mònica.
–Quizás ahora no toque este libro, había apuntado. No supe qué contestar. Pero ahí estaba yo: desnudo sobre la cama, estirado y con el libro abierto sobre la barriga, sin ganas de leerlo. Lo intenté. Leí algunas frases, un párrafo, tal vez no más de dos páginas. Leía y me oía decir que para qué me interesaba a mí saber con tanto detalle la toilette de la elegante Mme Swann.
Dejé la lectura, cerré el libro y lo aparté. Cerré la luz y los ojos. Por el balcón abierto corría un pellizco de brisa que, a ratos, lamía mi piel con una agradable y sensual delicadeza.
Pensé en la película de Woody Allen. Me había entusiasmado el requiebro de la trama cuando aparece, sin preámbulo, un taxi antiguo al que sube Gil Pender para entrar en los años veinte, para llegar al París de Scott Fitzgerald, de Cole Porter, de Elliot, de Dalí, de Picasso y, claro está, de Hemingway pavoneándose en su condición de veterano de guerra e interpretando el rol de escritor gallito.
Me dije que tenía que meter un taxi antiguo en mi vida, o al menos en aquello que pretendía escribir. Y con este pensamiento me dormí.
Me desperté con una gran erección. Fuera estaba oscuro, pero por Oriente ya clareaba el alba. Bajé a hacerme el café, tratando de recordar el sueño que me había henchido el deseo. Pero no lo logré.
Tomé un segundo café y subí a asearme. Y estando en la ducha me acordé del cuento Nieves del Kilimanjaro. El protagonista, Harry, está herido, se le está gangrenando una pierna. Rememora, con esa lucidez que solo da la agonía, sus placeres y sus días, y recuerda lo mucho que no ha escrito. Están él y su esposa en la sabana africana, creo que se les ha averiado el camión y esperan ser rescatados por una avioneta. Beben whisky con soda y discuten agriamente, y luego se reconcilian. Hablan. Esperan. Ella sale a cazar. Él recuerda anécdotas que hubiera podido escribir, que no ha escrito. Al final no me queda claro si Harry sobrevive o es salvado.
Pensé en el cuento mientras me duchaba y mientras, luego, me secaba y me vestía.
Después salí de la casa, crucé la era y me senté frente al aljibe y miré el agua verde y estancada. Seguía con la mirada el vuelo de las golondrinas, oía el trino de los pájaros en la fronda de los pinos. Seguía pensando en Harry, y en el taxi antiguo –y en Mònica. Debería subir al desván y rescatar el libro de cuentos de Hemingway y releerlos. Pensé que también me gustaría leer uno que se titula Hills like white elephants, que siempre he considerado el más brillante de sus cuentos, la cumbre de su arte: un relato donde lo que se cuenta no se dice.
Luego la canícula se hizo espesa y su gravidez lo asfixió todo. Y no hice nada.
Miré mucho rato el vuelo de las golondrinas: volaban trazando elipses sobre el aljibe y lo cruzaban rasantes y con el pico creaban círculos de ondas concéntricas que yo miraba deshacerse en el tiempo perdido, imposible, lejos de todo, en que me hallaba.
© Pedro Lluch
21 de agosto de 2011















