Archivo mensual: enero 2012

Sunday in Sitges

Solecito matinal bañando el ocio dominical. Me arranco al sueño tras las horas de morfeo y salgo, tal cual, a la terraza. No temo ser visto (¡para lo que hay que ver!). Descalzo, siento el frío del piso. Desnudo, siento la brisa mansa sobre la piel. Despierto, me dejo arropar por los restos, jirones y harapos del sueño, que flotan alrededor de mi piel, y la siento erizarse según sopla el viento. Agradable sensación de estrenar piel y día al mismo tiempo.

He salido a buscar las regadoras, pues me he despertado con sed ajena, con sed de plantas, con sedienta empatía y la imagen de las plantas de mi jardinera asomada en la altura de mi atalaya. Pero antes de llegar a la esquina donde guardo las regadoras me arrebata la luz, blanca y de rasos y blondas, titilante blancura del sol sobre la mar. La lámina del mar fulge y dibuja en los extremos variaciones del azul, del gris acero, metafísicos matices que del marengo mudan a blanco fugaz o sombras de antracitas imposibles. Miro los verdes prados, las casitas, las calles silenciosas, las viñas abandonadas y los barrios de casas bajas que se extienden entre la atalaya y el mar. El cielo, blanquecino, invernal, metálico y desleído, y el sol apenas tibio.

Domingo dominguero. Ayer, pienso, a esta hora, estaba caminando bajo la ventisca, pisando nieve y barro cruzando el Pla de la Calma, en el Montseny, a 1.200m de altura. Hoy, miro el sol a la cara y el mar me abraza.

Día de ocio. Perrear y poco más.

The white owl

El búho blanco del Ártico (Bubo scandiacus) está haciendo las delicias de los bird-watchers de América. En las llanuras del medio-oeste, en estos días, se están produciendo avistamientos como nunca antes se habían contado. Dicen los expertos que el verano fue prolífico, que las nidadas fueron numerosas, que la tundra fue generosa.

Lo cuenta el NY-Times, que vuelvo a leer cada mañana. Y hojeo la prensa francesa, la inglesa, algunas cabeceras árabes, Haaretz, los periódicos locales y otros de la corte y villa. Buceo en blogs especializados en el mundo árabe y sigo las polémicas en ForeignPolicy con el mismo interés con que monitorizo las flotas de la US Navy. Rescato los datos de mis tarjetas de frequent flyer. Cruzo correos para saber, para aprender, para preparar mis viajes.

Planifico: lleno otra vez de colores los calendarios (azul son ferias, amarillo agentes comerciales, naranja misiones comerciales) y acumulo datos, cifras y reportings que he de asimilar para volver a conocer el mundo según éste ha ido cambiando desde que lo dejé hace dos años y medio. Vuelvo a la guerra con la sensación de que se me atraviesan los cafés en el pecho; es una sensación rara, incómoda: en la media altura del esófago se atranca el café al bajar y ahí se estanca, como un leño cruzado, palpitante. No es  acidez de estómago. No es dolor de tripas o indigestión. Es un café que a media tarde, a media altura, a medio bajar se queda un rato atascado y molesto. En media hora se disipa la sensación de ahogo, de debilidad que, mientras dura la angustia, se derrama por todo el cuerpo. Entretanto, los búhos del Ártico invaden las llanuras mideluésticas.

Al acabar el día vuelvo cansado, tarde, a la atalaya. Me desmorono en el sofá. Ni abro siquiera las persianas. No me asomo al mar negro, ni miro el paso de los trenes a lo lejos, ni el brillo de luciérnaga de la Blanca Subur que se dispone a dormir. Ni fuerzas tengo para perpetrar la cena. Je me laisse aller.

Me dejo llevar, resbalo, me hundo. Me hundo. Soy incapaz de luchar contra la corriente, el río de fango que me lleva.

Mujeres desnudas se ofrecen en la pantalla; grandes jayanes se las follan; en una bañera, en un jardín, en un salón, en un dormitorio, en un balcón; aquí y allá; blancos y negros, blancas y rubias, morenas y mestizas; así o asá: more ferarum, misionero, contra una tapia; a veces gritando, gimiendo, otras veces en silencio. Me hundo. Paso de una película a otra mientras no hago nada. Es tan fácil. No se termina jamás el estropicio de vulvas, el zafarrancho jodiente de las mujeres fáciles que derrama la pantalla. Ellos apenas están presentes: cachitos de carne oblonga, émbolos mecánicos, lustrosos salchichones, no más. Ellas todo culo, todo teta, coño entero. Miles de ellas. Categorizadas. Etiquetadas. Bautizadas. Editadas. Corregidas y ampliadas. Hastío. Me hundo en él como en un baño de barro tibio, y arrastro conmigo la sensación de lo imposible, la culpa de lo inasible. También la consciencia de la tristeza; también de la tranquilidad, de la rutina, de la mansedumbre de mis días, quietud a la que me cuesta acostumbrarme a pesar de haberla tanto tiempo deseado. Je me laisse aller; et je ne fais que constater la difficulté de moi-même. Hastío, eso es todo.

Respira hondo; todo pasa.

Respiro. Todo pasa, en efecto. Queda la dificultad de mí mismo, incontournable.

Luego, ya en la cama, leeré un rato (breve, disperso, sin empeño) para cerrar los ojos antes que el sueño barrunte el despertador de las seis. Y soñaré con los búhos blancos.

Brass

Las barras de latón son troceadas según medidas y pesos determinados. Luego se calientan al rojo vivo y se depositan sobre un molde. Se aprieta un botón y baja una prensa inmensa, de dos pisos de alto y 400 toneladas de peso. Estrépito. Cuando se alza la mole ya está conformada la pieza que, una vez limpia, granallada y mecanizada será un fitting, una válvula, una tuerca. Un cachito de latón, a veces cromado, a veces crudo, de un bonito amarillo pálido.
Yo vendo esto. Soy el afortunado niño de la corbata y don de lenguas que recorre el mundo vendiendo esto, ayudando a vender, buscando vender. Soy el último de la fila detrás del torero que mueve (envuelto en polvaredas) toneladas de chatarra hacia el horno de la fundición, detrás del que echa al horno sacos de zinc, lingotes de cobre, y atiende al borboteo del infierno rojo que se puede ver sin acercarse mucho (1300 grados Celsius que chisporrotean; el operario se protege con mandil de cuero, manoplas blindadas, gafas y turbante). El ruido incisivo y constante de la maquinaria en los talleres de mecanización, los capazos como tortugas de los rincones, las montañas de viruta dorada, el retumbar de las prensas, el trajín de los rodillos candentes en las naves de… de… Aún desconozco el nombre de los diferentes procesos de producción, estoy aprendiendo (as usual). El gris mundo de la industria siderúrgica, con su olor a taladrina, sus gritos ahogados por la maquinaria, las batas azules de los encarrregats, el bocata exacto de las 09:15 a 09:45, la sirena de los turnos y el frío inoxidable de los almacenes.
Yo soy, en cambio, el afortunado que sale al mundo oliendo bien con ganas de caer bien a desconocidos, mientras otros atienden el despacho, diseñan planos, suman asientos contables y entran pedidos en un ordenador obsoleto, se pelean con el fax, llenan cajas y esperan que el excel dé con las fórmulas idóneas para poder mostrar, con quesitos de colores, la magnitud de la crisis y el camino de salida.
Con razón, a menudo se me ha criticado; algunos lectores-parroquianos de este vertedero de MiedosLibres opinan que me quejo en exceso, me conduelo y lamento de nimiedades. Hoy no lo he hecho. Hoy celebro. Hoy agradezco a tantos que trabajan conmigo, a quienes aún no conozco, tantos para quienes trabajo. Y con los cuales comparto. Y con vosotros también, parroquianos.

Put the blame on Mame, boy

El blanco y negro de Gilda, sus largos brazos, sus interminables piernas, las sinuosas curvas y el bofetón irrebatible de Johnny, se tornasolan en carmesíes turgentes, escondidos goces, acurrucadas calenturas para entretener la espera. Eso fue anoche.
Hoy, ahora, espero en el gran vestÍbulo de la Terminal 1 del aeropuerto, espero mi vuelo apurando el tiempo y el último pitillo antes de embarcar hacia la doulce France. Tránsito de gentes, abrazos frente al cordón que delimita la zona de seguridad, taxis que vienen y van, colas frente a los mostradores, acolchado ambiente de terrazos fríos y bien pulidos, frÍo también en los pies, y corbata prieta. Trenecitos de carretones. Autobuses. Filipinos, japoneses, daneses, franceses, catalanes, congoleños o malineses. Mescolanza de razas en un continuo murmullo de voces que se disuelven en la espera o se agitan en las prisas del Last call.
Back to business: de nuevo cargo con el maletín, las ideas claras, la tarjeta de embarque hacia una reunión de dos dÍas, la ilusión de volver al mundo de allende las lindes de la provincia que me ha tocado en suerte.
Respiro. Sonrío. Me pongo los tapones de los oídos. Acolcho mi mundo con recuerdos de besos y afanes de otros que vendrán. Lío un pitillo y me asomo al anticiclón del exterior a fumarlo (taxis, maletas, prisas atrapadas en las puertas giratorias, policías amarillos como pitufos hepáticos, besos a la familia y apretones de mano, see you soon, gràcies per tot, no dejes de llamar cuando aterrices…).
Miro al mundo pequeño que me envuelve y me anclo al aquí y ahora. Hay tanto que ver! Y miro…
El culo de una negra, las maletas de un holandés, el atuendo de un neo-rural posh, el caniche con chaleco que una mujer saca a mear, el laberinto cheviot de un abrigo, el morado de un par de corbatas con American Express, la tipografÍa sans serif de la señalética, la cámara de fotos de un turista agotado, el BMW serie 5 blanco de una taxista de un pueblo de mala muerte. Cuántas cosas!
Y resuena la cantinela de Rita, Put the blame on Mame, boy…, mientras se me hace tarde y he de correr hacia los escáneres de seguridad. …the blame on Mame, boy… desde la BlackBerry, maravillado por la tecnica.

LA ALEGRÍA DE LAS PIEDRAS (cuento)

La tengo en las manos en este momento. Es una pequeña piedra, aproximadamente redonda y chata, oscura, gris oscura con algunas vetas blancas que la cruzan y con otras nervaduras de un gris pálido, o quizás simplemente fracturas internas, que han dejado leves cicatrices en su superficie, no sé. Mis conocimientos de mineralogía son escasos, o nulos. No sé de qué material está hecha. Y me da igual, en realidad. Pero si he de escribir sobre ella me gustaría poder declarar que es un guijarro de wolframio, que es equisto, o piedra-lava o arenisca o granito. No lo sé.

Es una piedra redondeada por el mucho tiempo que habrá pasado mecida en el fondo del mar. Negra, o gris oscura, con vetas blanquecinas, no más larga que una de mis falanges, y del tamaño aproximado de mi pulgar. La sostengo en la mano mientras escribo estas líneas. La he llevado en el bolsillo del pantalón y ahora la he sacado para tenerla cerca mientras considero la alegría de las piedras.

La recogí en la cala del Home Mort, que está entre Sitges y Vilanova, mientras ella se bañaba. Habíamos tendido las toallas sobre la playa de guijarros y ella se desvistió y se acercó al agua y entró en ella. Y yo con los ojos achinados por la mucha luz del mediodía la miraba, como a contraluz, entrar en el agua que refulgía. Me desnudé yo también y encendí un cigarrillo y lo fumé sin ansias, jugando mientras con las piedras, dejando que la brisa secara el sudor de mi

piel y luego que el calor del sol perlara de nuevo mi piel con nuevo sudor. Miraba su cabeza moverse arriba y abajo con las olas a poca distancia de la orilla.

Tenía en la mano unos cuantos guijarros, algunos blancos y planos, otros como huevos grises, otros más pequeños. Jugueteaba con ellos sin prestarles atención, los movía, los sopesaba, los pasaba de una mano a otra escuchando su entrechocar mate, seco, sobre el rumor constante de las olas, con la mirada distraída en el vaivén de su cabecita negra sobre el verdiluz del mar.

Desde lo alto el mar lucía azul, azul turquesa, cerca de la orilla. Habíamos aparcado el coche y andado todo el camino colina arriba primero, y abajo luego, hasta llegar al risco desde el cual culebreaba un sendero entre altas matas de cistos que bajaba hasta la cala. Llegamos sudados. Ella se despojó del pantaloncito, de la camiseta y tiró la ropa encima de la toalla que ni siquiera extendió y echó a andar hacia el mar. Su espalda, su culo, sus piernas, sus pies y su cabeza, toda su figura se levantaba como marcando el punto de fuga en mitad de la línea dura del horizonte y de toda la luz del mediodía. Contrastaban sus curvas con la recta sin perdón del horizonte que se estrellaba a un extremo y otro de la perspectiva, en los farallones grises de roca que caían al mar y cerraban la cala.

Habíamos trabado conversación la noche anterior en el Urbs16, un bareto de la calle del Pecado de Sitges. Me preguntaba que adónde iba con aquellos zapatones. –Son mis botas de marcha, repuse. –¿Quieres marcha? Ahí ya vi su sonrisa pícara. –Prefiero un mojito. –Yo también. –Dos mojitos, pues. Ten –le dije tendiéndole un billete–, ve a la barra y tráelos, aquí te espero. Cogió el dinero y desapareció en el interior del local. Yo me senté en una de las butacas de la terraza a ver pasar la fauna de la calle del Pecado.

–No voy a ningún sitio –le dije cuando hubo vuelto con los dos vasos de mojito–, vengo. –¿De dónde vienes? –Vengo andando desde el Ebro.

Le conté mi marcha de siete días desde el Delta del Ebro, siguiendo la costa hasta la calle del Pecado donde habíamos coincidido. Así trabamos la charla y así charlando fueron cayendo horas y mojitos. Se hizo tarde y ella preguntó si tenía donde dormir. Dije que sí, me han prestado un piso. ¿Te vienes?

Hacía rato que el juego de seducción estaba en marcha, y ambos sabíamos que íbamos bien encaminados. No pensó mucho.

–Sí.

Y fuimos.

A la mañana siguiente le propuse ir a la playa. Ella no tenía planes. –Podemos luego ir a comer, no sé. –No hagamos planes. Vayamos a la playa y luego ya se verá. –Ya se verá, sí.

Rememoraba todo esto desnudo en la playa, viéndola juguetear con las olas, y vi cómo levantaba el brazo y me hacía señas. Me levanté. Me acerqué a la orilla. Caminar sobre las piedras me hacía parecer un tanto ridículo. En pelotas y doliéndome de las plantas de los pies es difícil mantener un cierto porte, un mínimo de compostura. Por evitar las posiciones incómodas y por abreviar la indignidad de mis inseguros pasos, me tiré de golpe al mar, y nadé hasta donde ella me esperaba. Ella y su sonrisa. –Se está bien en el agua. –Sí –dije, y estuvimos nadando y braceando un rato. También nos abrazábamos. Nos mirábamos con ojos rojos de salitre.

Flotamos.

Salimos del agua y nos tendimos a tomar el sol. Hablábamos. Pero también a ratos estábamos callados uno cabe el otro, en silencio y a gusto, oyendo el mar, sintiendo el sol sobre la piel. Besé su hombro, y el beso supo a sal. Cerré los ojos contra el cielo, y vi el rojo vivo de mis

párpados, sentí su mano que se apoyaba en mi vientre. Dejamos pasar mucho tiempo así; estábamos bien.

Luego ella dijo: –Cambio la comida por dos gintonics. Acepté. Y recogimos y volvimos a triscar por el sendero y por el camino hasta el coche, y paramos en una gasolinera para comprar hielo y fuimos al piso y nos duchamos y nos sentamos en la terraza a beber. Se oía el paso de los trenes detrás de la casa, y teníamos que callar mientras pasaban.

Mirábamos el cielo y un cachito de mar que se colaba entre dos casas delante de la terraza. Ella no sabía liar pitillos, y se los liaba yo y ella se los fumaba sacando el humo por la nariz. Entrecerraba los ojos al exhalar el humo y yo la miraba. En mi vaso tintineaba el hielo. Y picoteábamos almendras y nueces y nos servíamos gintonics y hablábamos. Me dijo que volvía a desearme, o fui yo quien lo dijo. Se acercó a mí, se sentó sobre mis piernas, nos abrazamos. Empezamos a hacerlo en el suelo, que era duro, y preferimos rematar en el dormitorio.

Exploré su cuerpo y me adentré en su deseo. –El sol me deja pasiva-receptiva –me susurró al oído. La tomé sin miramientos. Le gustó. A mí también.

No habíamos estado mucho tiempo en la playa, dos horas como mucho. Su piel conservaba el calor del sol. La estuve acariciando con morosidad.

–Nos conocimos ayer, bebiendo mojitos. –En realidad no nos conocemos. –Es verdad. –Démonos tiempo. –Tenemos todo el día, nos lo estamos bebiendo. –¿El qué? –El día. –Ah, sí, a besos. Nos lo estamos comiendo y bebiendo a besos.

Y mordí sus labios, y la penetré. Y gozó ella primero, y después de ella me corrí yo, me vacié en ella.

Luego quedé exhausto sobre su cuepo abierto, apalanqué mi peso con los brazos y ella me dijo que no, que me dejara descansar sobre ella. Que le gustaba sentir el peso del hombre encima.

Eso me dijo. –Soy una piedra, niña, te asfixiaré. –No me quejaré, ven. Y apoyé mi torso sobre su pecho y me relajé. Ella me abrazaba.

Al cabo de un rato me separé, hice rodar mi cuerpo y quedé yerto asu lado.

–Me gusta oírte gozar. –¿He gritado mucho? –No creo, solo lo necesario, sí. –Y tú estiras el cuello como un pollo cuando te corres. Como un pollo moribundo.

Estábamos sudados. Oíamos el rumor de las calles de Sitges bajo la terraza y entraba mucha luz en el dormitorio, luz anaranjada.

Le pregunté qué planes tenía. –Seguir follando hasta acabar la botella. –No, me refiero en tu vida.

Se puso seria. Luego me diría que durante aquellos segundos de seriedad consideró si debía decirme o no sus planes. Me lo dijo. Yo la escuché atentamente, pero también vi la playa de guijarros grises, grises como elefantes vistos de lejos. Cuando ella terminó de contarme lo que iba a hacer, solo le hice dos preguntas: –¿Hace mucho que lo tenías planeado? ¿Lo puedes pagar? Me constestó que sí a las dos cosas.

Respiré hondo.

Me levanté y arranqué el condón de mi pene. Fui a la cocina a tirarlo.

–¿Ya sabes cómo se llamará?

–Si es niño, Ernest; si es niña, Hilde.

Volvía estirarme en la cama, mirando el techo. Faltaría una mano de pintura. Ella estiró el brazo, como para posar su mano en mi vientre, como había hecho en la playa. No pude reprimir un gesto de rechazo, me volteé, aparté su mano. En la mesita de noche, frente a mi cara, aún estaba el vaso de agua que ayer me pidió; vacío. Y la caja abierta de los condones.

Sabía que ella me miraba. Ambos estábamos hundidos en una niebla de silencio espesa, pegajosa, viscosa.

Respiro.

Me hubiera gustado saber qué estaba sintiendo. Recapitulé: la conocí ayer y bebimos y nos enrollamos. Pegamos un par de polvos a ciegas, se queda a dormir conmigo, y pasamos la resaca en la cala del Home Mort. El resto del día lo dedicamos a vaciar una botella de buena ginebra. Hemos follado sin parar. Me gusta. Le gusto. Pegamos otro polvo y me dice que ha pensado inseminarse en otoño, que ha decidido ser madre soltera.

Mejor me voy a la ducha. Entonces sonó su teléfono, y ella se incorporó y fue al salón, donde estaba su bolso, a contestar. Yo me meto en el baño, abro el grifo y dejo que llueva sobre mí. Alterno agua fría y caliente. Me pregunto por las razones de un malestar, violento e íntimo, que siento bullir dentro, en el estómago, como un mar de fondo en el bajo vientre que empujara olas de desazón por todo el cuerpo.

Tomo el bote de jabón y me enjabono. El agua es tibia. Froto mi torso, froto el cuello, la cabeza, los brazos, las piernas. Me siento mal. Y no es el exceso de alcohol. Es un terremoto submarino que ha abierto fisuras en la memoria, historias añejas que, sometidas al seismo de lo que me acababa de contar, dejaran salir gases sulfurosos que ascendían hasta la cabeza impidiéndome el pensar y trabándome los gestos. Siento al agua caer sobre la cabeza.

Se abrió la puerta y ella entro en la bañera después de correr la cortina. Se puso detrás de mí, me abrazó y sentí alivio. Repitió varias veces mi nombre.

Luego estiró el brazo, cogió jabón y me enjabonó la espalda. Me frotó el cuerpo en silencio bajo el chorro de agua tibia. Se acuclilló y me frotó piernas y pies. Me hizo darme la vuelta y me acarició el vientre, la entrepierna, el pecho, los hombros, el cuello, los brazos. Entonces la abracé y quise llorar.

Después me secó todo el cuerpo y se secó ella. Abrió la boca para decirme que íbamos a salir de nuevo a la terraza a beber un poco más y dejar reposar lo ocurrido. Asentí.

Nos sentamos en la terraza, frente al cielo que declinaba matices malvas y violetas. Nos servimos sendos gintonics. Tintineaban los hielos en los vasos. El rectángulo de mar que podíamos ver apretado entre dos bloques de pisos brillaba ahora con un azul que se oscurecía por momentos.

From A to Z: seminal image explained

Me puse a leer The federalist. La independencia de Cataluña será una realidad cuando la gente de aquí sopese el lastre que supone ser parte de un país más grande que solamente nos quiere como súbditos paganos. Del mismo modo que las leyes fiscales encendieron la revolución americana, en Cataluña el expolio fiscal español alimentará la tendencia soberanista primero e independentista luego. Es cuestión de tiempo; no faltará mucho. Y para leer el contexto histórico del ensayo de Hamilton, me puse a revisar libros sobre la historia de los Estados Unidos. Y leí Las guerras apaches.

En sus páginas di con Tom Jeffords, amigo que fuera de Cochise, gran jefe de los apaches chiricahuas. Murió el 21 de febrero de 1914. Me interesé por las culturas indígenas del Sudoeste norteamericano: Apaches Lipan, Chiricahuas, Kiowa y Mescaleros; sobrevolé con curiosidad algunos artículos de linguística que me ilustraron sobre la familia de lenguas atabascanas. He descargado y voy leyendo,  memorias de pioneros, scouts y oficiales que sirvieron al US Army durante las guerras indias: Fort Apache, el incidente Bascom… Tengo en la wishlist ensayos sobre los blancos que vivieron en territorio y sociedades indígenas, niños y niñas que, capturados, crecieron como indios, algunos para retornar, otros para luchar para su nueva nación. He revisado películas. Me quedan unas cuantas por ver, muchos libros que procesar. Pero me anima una idea loca que, desde los secanos de Arizona y Sonora, me lleva a las llanuras y barrizales de Flandes.

Y todo ello porque me inflamó la imaginación una hipótesis descabellada: What if Tom Jeffords hubiera apadrinado a un sobrino de Cochise, un chaval joven en el año 14 que, huérfano de padre indio y huérfano también de padrino blanco, hubiera ido a vender caballos a Canadá para, de manera rocambolesca, acabar luchando en Flandes con la 1ª División Canadiense. ¿Era posible concebir que un salvaje apache hubiera tenido ocasión de matar al más bárbaro de los europeos, quien, por aquel entonces, era cabo señalero del Regimiento List que luchaba en Flandes también?…

Una historia de indios. Una historia de guerra. Una manera de contraponer naturaleza y civilización.

Así dio comienzo un año (al menos) de obsesión. Y me permito ponerme monitorio: cuando en este tendal de MiedosLibres aparezca una entradilla con el título From A to Z, sépase: es el autor haciendo el indio y entreteniendo sus días, llenando sus ocios, ocupando sus madrugones; es decir: dando la vara.

When I pause to contemplate my circumstance, / and look back on the road I have traversed…

Como se me ocurrió un día psicotrópico poner los titulillos en inglés, he tenido que buscar la traducción aquí a los versos de Garcilaso que me vienen a la cabeza estos días de drôle de guerre, de bizarra tregua de año nuevo en que ando, regocigándome sabiendo “que a mayor mal pudiera haber llegado”.

No me han traído los Reyes (ni su yerno) los regalos que suelen darse en estas fechas (pues la familia, por francófila y republicana, celebra e intercambia navideños regalos en diciembre, no en enero). Ni carbón tampoco; al revés: algo peor de lo que no quiero hablar ni de lo que puedo quejarme. Alabado sea, amén.

Silencio en este tendal de MiedosLibres, mientras allende el mar nace un Miquel que pugnará (lo sé) por ser medio mexicano y medio catalán, benvingut nadó! Mientras aquende los días de marejada de la teniente de navío dan paso a calmas risueñas, mientras en ocios compartidos he aprendido a convivir con los más fieros de los galos (César dixitHorum omnium fortissimi sunt Belgae, propterea quod a cultu atque humanitate prouinciae longissime absunt, minimeque ad eos mercatores saepe commeant atque ea quae ad effeminandos animos pertinent important). Mientras he sonreído y comprado y jugado y reído y peleado con mis pequeños soles que salen a la calle desde la altura de sus tacones recién estrenados y la sonrisa esquinazada de las niñas que empiezan a saber de qué va la cosa. Duermo viscolásticamente y sonrío, y desayuno sonrisas verticales, y me acuesto entre paliques blanditos y hojeo libros antiguos  y nuevos: placer de desbrozar la casuística paleográfica de las ediciones de Historia de Roma de Livio y explorar, en mi artefacto Kindle, los relatos de antiguos viajeros a Persia en preparación del viaje que pronto me llevará ahí de nuevo (en acto de servicio, alabado sea, amén).

Desatiendo el tendal pero verborreicas suplencias lo llenan de comentarios, que agradezco, aunque deba confesar que no he leído enteros –prolijos, descomunales, generosos. Curiosamente las estadísticas de este blog no se ven alteradas por la publicación o no de artículos. Sigue viniendo mucha gente diariamente a saber qué son los coños pretéritos y otras zarandajas y malestares que en su día aquí tendí a orear y que, desde entonces, campean en los alto del top-ten, (qué cosas, alabado sea, amén). Pero yo no vengo tanto como quisiera, otros asuntos me entretienen de la A a la Z (y ya se irá sabiendo poco a poco a qué me refiero).

Quisiera tener ya en edad de ser comidos el peyote y el sampedro que maduran al sol de mi terraza en la Atalaya de Sitges –pero no hay manzanas en abril, y tardan tres años al menos los cactus en crecer, paciencia, alabada paciencia, amén. Quisiera desde la brumas de una psiconautia y en los remolinos de la psilocibina, escribir y desbordarme, llenar de palabras libres este caudal de miedos libres, desmadrados. Pero trato de ceñirlo al desapego. Vendré cuando me plazca, sin ritmos, según mis posibilidades: no estoy ya tan libre como estuve en pasados meses (alabado sea, amén). Esto del mucho escribir es trabajo de ociosos, está claro. Y al igual que abandono (sin quejumbre, alabadas sean) a las petardas.com y demás mujeres que inflaman bitios, he de abandonar otros hábitos. El de fumar. El de creer que soy bohemio. El de beber culines de ginebra a media mañana para encarar el mediodía y encarrilar la siesta. El de salir a rondar los bosques o las lomas cabe el mar, porque yo lo valgo, sin horarios ni fechas marcadas en rojo, sin deadlines.

Así, toca ahora aprender a disfrutar de los bombones de Marcolini (chocolatier) que la vida me trae. Es lo que hay, y son buenísimos: baste mencionar el orgasmillo de San Antón que produjo, al fundirse en mi boca, una pastilla de chocolate de Caramel-gingembre tal que así. (Merci Hilde & Co!!).

Aunque seguro que, lo sé, no tardaré en enzarzarme en la drôle de guerre. No tengo remedio. No sé hacer otra cosa: palabras que vienen y van; escaramuzas, de la A a la Z.