Solecito matinal bañando el ocio dominical. Me arranco al sueño tras las horas de morfeo y salgo, tal cual, a la terraza. No temo ser visto (¡para lo que hay que ver!). Descalzo, siento el frío del piso. Desnudo, siento la brisa mansa sobre la piel. Despierto, me dejo arropar por los restos, jirones y harapos del sueño, que flotan alrededor de mi piel, y la siento erizarse según sopla el viento. Agradable sensación de estrenar piel y día al mismo tiempo.
He salido a buscar las regadoras, pues me he despertado con sed ajena, con sed de plantas, con sedienta empatía y la imagen de las plantas de mi jardinera asomada en la altura de mi atalaya. Pero antes de llegar a la esquina donde guardo las regadoras me arrebata la luz, blanca y de rasos y blondas, titilante blancura del sol sobre la mar. La lámina del mar fulge y dibuja en los extremos variaciones del azul, del gris acero, metafísicos matices que del marengo mudan a blanco fugaz o sombras de antracitas imposibles. Miro los verdes prados, las casitas, las calles silenciosas, las viñas abandonadas y los barrios de casas bajas que se extienden entre la atalaya y el mar. El cielo, blanquecino, invernal, metálico y desleído, y el sol apenas tibio.
Domingo dominguero. Ayer, pienso, a esta hora, estaba caminando bajo la ventisca, pisando nieve y barro cruzando el Pla de la Calma, en el Montseny, a 1.200m de altura. Hoy, miro el sol a la cara y el mar me abraza.
Día de ocio. Perrear y poco más.

