In search of light, under the snow

El viajero se asoma al frío y se encoge. Budapest blanco, silencioso. A ratos nieva. Camina por las aceras siguiendo las veredas que otros peatones han despejado, senderos en la nieve, nieve sucia, gris, parda, que se acumula en los arcenes, que colma los maceteros, nieve que se hiela en los alcorques y que gotea desde los carámbanos que cuelgan de las farolas y los aleros de las fachadas. El cielo es blanco como un edredón.
El viajero recorre la avenida Andrassy hacia la plaza de los Héroes. Ahí asienta el Museo de Bellas Artes Nacional Húngaro.
El viajero quiere ver El suicidio de Lucrecia, de Casale, y recorre las salas silenciosas del museo y se ensimisma en la colección permanente. Se pregunta de dónde sale la luz de los cuadros, se pierde en los paisajes holandeses, en las vistas venecianas, se pasma con el realismo de la pintura gótica alemana, y se maravilla al descubrir un Velázquez con escenas de vida tabernaria. ¿De dónde sale la luz? Murillos, Grecos, un magnífico Zurbarán… Pero ¿esa luz de Velázquez? ¿De dónde mana?
Tres hombres arrugados, morenos, labriegos andaluces o manchegos, están sentados alrededor de una mesa. El hombre sentado frente al espectador alza una copa, en la cual el hombre de la izquierda escancia vino. El tercer hombre, más joven, sentado a la derecha, levanta un dedo, como sorprendido en mitad de una aseveración irrebatible. Luce la escena con recuerdos de picaresca, Lázaro, Rincón y Cortadillo, el Buscón. El mantel alumbra las caras, los brazos, la jarra de barro del vino, la copa, las camisas burdas de tela blanca. Pero las mejillas, las frentes, los ojos brillan sin necesidad de la luz que vibra en el centro de la escena. La luz no proviene de ese centro. Una sombra en la nariz, la textura del barro, el pelo de uno de los tertulianos y la calva oronda de otro, el brillo de los ojos… Hay, diríase, una verdad que trasciende la escena. Me acuerdo de La vieja friendo huevos o del Aguador que se pueden ver en El Prado. La misma gama de sienas, la misma tiniebla sin matices al fondo (¡tan velazqueña!), la misma temática costumbrista y populachera, el mismo cuidado en los detalles. El mismo misterio de la luz.
El viajero vino a ver el cuadro de Casale: una mujer joven de tetas estrábicas clavándose un puñal en en el vientre, clímax de La violación de Lucrecia. Resulta ser un cuadro anodino: palidez sin matices, ojos en lo alto perdidos, sin gracia ninguna, herida sin sangre (mentirosa) y acaso un bello juego de arrugas del mantón azul. Poco más.
Al acabar de recorrer las inmensas salas del museo, el viajero se cala la boina, se aprieta los machos y sube la cremallera del tabardo ártico que ha traído a Europa Oriental y vuelve a recorrer Andrassy Útca hacia el Danubio. El frío es intenso, duele primero en las orejas, y humedece la barba. No nieva. Caminamos todos como patos, con miedo a resbalar. Los coches sisean. Las orejas dejan de doler, quedan insensibles, anestesiadas. A ratos el viajero se pone la capucha. Unas buenas botas, calcetines de lana, calzones largos, guantes y pañuelo árabe al cuello, el viajero va bien abrigado; y aún así, el frío cala.
Llego al Danubio. El ancho río me recibe con algo jamás visto: témpanos de hielo desfilando aguas abajo. Grandes bloques de hielo y archipiélagos de agua grumosa, granizada, que la corriente arrastra. En lo alto de Pest, el palacio y los demás edificios difuminan su arquitectura imperial en la niebla. Mas no está el clima para admiraciones a la intemperie; me doy la vuelta y me interno en las callejas de Buda buscando el amparo de una copa de vino. Me acerco al Gerbaud, que encuentro cerrado.
Sostiene el profesor Steiner que el café, los grandes cafés, hicieron Europa; lo explica en Una idea de Europa. El Gerbaud es uno de estos cafés: señorial, decimonónico y capitonné, silencioso. Hoy está cerrado. Lástima. Me hubiera gustado hacer, a mi humilde manera, un poco de Europa, mas el frío no permite lamentaciones, y sigo buscando en la vecindad hasta hallar un restaurante que me acoja. A glass of red wine, pido desde el umbral. It’s cold outside! Y la patrona sonríe condescendiente, me señala una mesa y me trae enseguida una copa de tinto. Luego sigue el menú: sopa goulash y estofado de vaca con patatas. De postre una segunda copa de tinto. De remate, un paseo por las calles vacías. Un saxo resuena en alguna plaza. Cruzo la que llaman Fashion Street y me salen al paso dos busconas, que esquivo con una encogida de hombros sin desviar mi curso hasta el hotel.
De alguna manera, la calidez velazqueña me acompaña. Me pregunto de dónde sale la luz mientras recorro las calles silenciosas y en blanco y negro de esta capital. No tengo respuesta. Pero seguiré buscándola.

In search of a zest of zen

Sábado, 06:15. Un súbito acceso de fiebre ajena me saca de la cama. Busco un antipirético por los armarios, en los cajones. Nada. Me visto, salgo a la calle, busco una farmacia, la encuentro cerrada. Los termómetros rojos de las esquinas marcan menos 7 grados. El viento azota mis mejillas, camino encorvado, embutido en mi abrigo ártico. Voy al Davant Balaguer; en el Passeig de l’Estació debería estar la farmacia de guardia. Cruzo el puente y me maravillo de ver los patos activándose, moviéndose sobre la superficie del agua. La noche está helada. Y solo me cruzo con un par de camiones de los marchantes que llegan para instalar el mercado del sábado. Lluís, el carnicero de can Juny, vacía su camioneta y desaparece dentro de la carnicería. Frente a la farmacia cerrada recuerdo que en el neceser suelo llevar unos sobres de Frenadol. Creo recordar que lleva paracetamol; creo y espero que bastará para bajar el febrón ajeno. Doy media vuelta, vuelvo a cruzar el río, vuelvo a internarme en las calles dormidas, anestesiadas, oscuras de la madrugada.
Sábado, 11:15. Vuelvo a la calle. El cielo azul es un vidrio. La comarca ha venido a aprovisionarse. Se entreveran voces en los soportales. Los marchantes protegen con plásticos las cajas de fruta, si se les hiela el género que no venden, ya pueden tirarlo. Me encierro en Cal Pepito, pido un café, lo bebo a sorbos pegado al radiador. Leo a sorbos también el periódico. La crisis del euro alcanza un hervor sin retorno con la dimisión de algunos ministros griegos. La reforma laboral es un puñetazo. La primavera árabe se tiñe de rojo en Homs. A mi alrededor los hombres desayunan con cuchillo y tenedor y hablan en voz alta. Tengo un momento zen que no acaba de florecer; es imposible la paz en aquel espacio contreñido por el vocerío; he de decirme que luego, más tarde, me procuraré el ratito zen que ansío. Pido un segundo café. El jueves lo pasé en París, encerrado en una feria en el recinto ferial de Porte de Versailles. Hubo que madrugar para tomar el Vueling de las siete. Hubo que cruzar el frío encorbatado; fue un día largo de saludos, de repartir tarjetas, apretones de manos y recoger informaciones y catálogos. Un día sin comer bien, un vía-crucis de zapatos nuevos, un sin vivir de salir a escondidas a fumar en las escaleras de socorro a menos cinco grados Celsius encongiditos de frío viendo la Tour Eiffel en la lejanía. Un día de llegar tarde por la noche de vuelta a casa y no tener ganas de hacer nada sino dormir. Siguió un viernes perseguido por las muchas cosas pendientes y el poco tiempo que reventó a las tres del mediodía para ir pasar el fin-de en Balaguer. Ansío el momento zen, lo necesito; y más aún considerando el programa que me espera next week (a menos 15 grados) por Europa Central. A las doce menos cuarto y dos cafés en punto suenan las campanadas del Ángelus desde la torre de Santa María. Compro patatas, pimientos, cebollas. Hoy haré cordero al horno. Mientras la comida se va haciendo, vacío un vermú rectificado con gin y angostura; ¿es este el bebedizo zen? No lo sé, pero asienta bien la espalda de cordero en el estómago y me lleva sin tropiezos a la siesta.
Sábado, 18:50. Lleno la bañera. Enchufo un calefactor en el baño. Lío un pitillo y lo fumo despacio, mientras se llena de agua caliente mi futuro inmediato. No hay programa, no hay obligaciones, no hay tareas pendientes ni urgencias. Me regodeo en el placer venidero de la bañera. ¿Por qué te gusta tanto? Porque no dispongo de ella a menudo, respondo. Porque es un placer sensual y no sexual, no onanista, pienso. Porque luego estoy fino de piel, perfumado, lustroso y me siento bien. Por todo esto me gusta. Y me desnudo. Disfruto del piso helado y de la desnudez (gloriosa durante treinta segundos valientes) hasta que me introduzco en el agua y me sumerjo en ella. Jabón espumoso. Una esponja de esparto para frotarme por toda la piel. Tiempo. Compañía. Frótame. Nunca había bañado a un adulto, me dice. Frótame duro; si me he de quejar, lo haré. Le entrego un brazo, luego el otro. Le presto una pierna, después la otra. El torso. La cabeza. La espalda. Me dejo hacer el peeling. No hablamos. Zumba el calefactor. Suben nubes de vapor. Floto en el agua. Creo que ni pensamos. Es el momento zen, sí, al final de la tarde, antes de que remonte la fiebre, antes de sentarme aquí a contarlo. Sí. En silencio, mientras la radio vacía su música ligera en la cocina y yo un whiskito para llegar (flotando aún) a este punto seguido de aquí, a este miedoslibres de hoy en Balaguer. desde la BlackBerry, maravillado por la tecnica.

The silence of Cassandra

No he olvidado. Hay cosas y casos que no se olvidan, personas y recuerdos que entran muy dentro y se quedan clavaditos entre la epidermis y el seso, como tropezones del pasado que circulan por las venas del recuerdo, que se atragantan sin venir a cuento, agrios regüeldos de amores mal digeridos. A veces es un deje en la voz de una telefonista que atiende una incidencia del teléfono, una inflexión de voz que no habías vuelto a oír, una locución que solo antes una vez habías oído, o una pose, o una tersura particular de la luz cuando atardece, o un gesto del brazo y la muñeca de una joven que espera en un semáforo.

No me olvido tampoco de cuando me llamaba la sangre primera y su furia, y me acuerdo de cuando a bailar salía bajo la lluvia en los calveros del encinar, o de cuando, bajo el azul resplandor de la luna llena, me desnudaba y entraba en el agua del mar y en su oscuridad me bañaba. También me bañé al alba una resaca de julio, mirando al sol de cara, viendo el color de su piel en las rocas (se llamaba rosa ese color suave, como el de su misterio –que descubrí pocos días después, fragante) y el brillo aún frío de la mica en los granitos de cuarzo rosado y tierno y salado. Las cosas, las vivencias, los acontecimientos, las emociones, por aquel entonces, parecían grandes: las vivencias eran detalladas, evisceradas en una interminable ciencia forense del sentir confuso de aquellos días de tribulación, que tan lejos quedan. Pero que no he olvidado.

La lujuria de unos ojos turbios de madrugada, el deseo caracoleando en su piel y enhiesto en la mía. Las fotos que nos enviábamos. Sus ojos azules, aguados. Los chats que cabalgábamos juntos en la distancia, a lomos del deseo. Sus ojos negros, brillantes. No he olvidado las promesas de humo. Sus pechitos duros de frambuesa coronados. Sus rizos rubios. Sus acogedoras caderas. Los besos al aire. El calor de aquellos escotes y sus ojos verdes y tristes, circunflejos, que se tornaban estrábicos en el culín de los vasos largos de los bares de carretera. Las fotos secretas que me mandaba, a escondidas de su marido. La languidez y suavidad de las miradas de tantas mujeres. Cuánto me quisieron; qué poco amé. No he olvidado las sorpresas, los disgustos, y se me mezclan las alegrías. Las descripciones tórridas que aquella otra me enviaba dándome cuenta de su último polvo conyugal, sin derecho a réplica; leía sus cartas arrobado, y enmendábamos después sus carencias con las mías. La clandestinidad, tan picante al principio, tan astringente al final. La soltura de aquella otra amiga con quien simplemente quedaba, me aliviaba yo, se solazaba ella, nos duchábamos y ya nos llamaremos. Era, a veces, todo tan fácil. Otras tan recóndito y complicado. Y ahora todo resulta tan difícil de recordar… y tan lejano todo.

Sí, cuando trato de recordar, se me confunden al final unas con otras: me rememoro en la cama con una y me estoy, al cabo de un momento, riendo entre las piernas de otra, sin elipsis, en un plano secuencia infernal que gira y engarza meses, veranos, amigas, edredones, sonrisas, pitillos, resacas, silencios y besos morosos sin concierto ni calendarios. Si me dejo llevar por el torbellino de la maraña de recuerdos confusos me embriaga el deseo y una cierta nostalgia; pero también me recuerdo triste y desolado.

No he olvidado; y no sé qué hacer con los recuerdos.

La Senyera d'en Tàpies i la trempera del rei Ferran

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Avui és Onze de Setembre, Diada Nacional de Catalunya, i vull penjar la Senyera que Tàpies pintà remuntant-se als orígens del símbol.

Sense res més, sense cap altra intenció que afegir-me a la festa de la comunitat on visc, de la comunitat de gent i cultura a la que casualment el curs de la història m’ha portat com m’hauria pogut portar a un altre lloc.

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In memoriam

Frozen time

Viernes. El intenso frío me lleva a La Argentina, una de las tiendas de ropa del carrer d’Avall. “Bones, teniu boines?” digo, y mientras lo digo me acuerdo del chiste “–Buenas, ¿tienen alpargatas? –Muy buenas. –Buenas, ¿tienen alpargatas?”.
Oh –me dice el dependiente–, sí, ara les trec, sí, sempre en tenim, sempre ve algún padrí que en vol una; la vols pel teu padrí?” Y yo: “No, la vull per a jo”. Y salgo luego al frío con una boina negra en la cabeza. No es la tarte de los Chasseurs Alpins, ni una txapela bohemia; es la boina sin estridencias de los payeses de aquí; la urgencia siberiana del frío de estos días no permite lujos. Es una boina Elósegui de once pulgadas y media, negra y con rabito; simplona, suficiente.
Con ella puesta me acerco a la barbería de Said. Hay cola, Tendrás que esperar, me dice. Le digo que volveré más tarde, sobre las ocho, y entretanto me refugio en casa y me sirvo un aperitivo que pide solecito y terraza de mediodía, pero que disfruto sin quejarme en estas horas vespertinas: vermú Yzaguirre cortado con un chorrito de ginebra y unas gotas de angostura, con hielo y limón y olivitas, en vaso ancho y tintineante. Horacio recomienda el vino de Falerno, pero no me queda a mano. Sus odas sí, y las hojeo en la edición Bernat Metge que medio-regala el diario Ara. Con el libro en la mano y el vermú en el cuerpo, vuelvo a abrigarme y cruzo la plaça del Pou hasta la barbería de Said. Hay cinco o seis clientes. Me instalo en uno de los astrosos sofás a esperar mi turno y sigo leyendo, mientras la cháchara salta del intenso frío al Barça pasando por las noticias de Siria y de la primavera Árabe. La parroquia está compuesta de jóvenes magrebíes que parlotean y ríen en árabe. Unos se hacen cortar el pelo; otros solo quieren que Said les arregle la barba. Sigo la charla saltando de nombre propio en nombre propio, que es lo único que entiendo (Mercadal, Lleida, Mourinho, Puyol, Homs, Dimasq, Tarabulus…), y entremedio Horacio va desgranando su moralina amable.
Mecenas le regaló a Horacio una casa en Sabina, una pequeña finca no lejos de Roma, en la cual el poeta se retiraba a menudo a cuidar de la hacienda y a purgarse de la muchedumbre romana y sus tejemanejes. Balaguer, para mí, cumple esta misma función. Sentado en la barbería, oyendo de qué habla la gente que no conozco, olvido asuntos a los que otorgo una importancia que no merecen.
Sábado. Bajo el azul compacto del cielo, subo al secano, recorro los caminos, me embriago de espacio. Verdean los alcaceles tímidos. Apenas se agitan los plumeros del juncar que deslinda, siguiendo los ribazos, algunas fincas. No hay viento, pero la luz del sol no puede atravesar el frío. La luz es intensa, limpia, recia. Los encinares se apelmazan, cimeros y oscuros, en las lomas, y el gris de los roquedos resplandece. Algún charco, en las roderas del camino, está helado. Una hembra de jabalí, junto al camino, muerta, espera ser comida por las alimañas, que ya han empezado a roerle el bajo vientre. Detengo el coche y me apeo a ver la bestia muerta. El rojo de la sangre derramada se muda en marrón, pero el de las entrañas abiertas entre sus cuartos traseros, resplandece, es fosforescente. Me ensimismo viendo el contraste entre las cerdas oscuras y el rojo vivo del vientre abierto de la jabalí (sus tetillas me indican el sexo, pues este ha sido devorado). Con la bota la tiento; está dura, rigor mortis y temperaturas bajo cero. Una bandada de cuervos grazna no lejos; supongo esperan que me aleje para seguir comiendo.
Llego al Rodal de Mormur. Aparco el coche al pie de la colina y recorro las lindes, subo hasta arriba siguiendo trochas entre las moles de piedra, entre encinas muertas. Al llegar arriba me paro a contemplar el llano, los campos peinados y afeitados, las líneas rectas de los caminos, los tozales y las ruinas de las casas que aún subsisten. El cielo es de un azul inverosímil, el frío es doloroso como una anestesia. No es el momento de sentarme, me helaría. El termómetro del coche marcaba dos grados. El silencio que me rodea está bajo cero, no hay duda. Paseo por el bosque, por mi bosque sin noticias, aburrido, mi bosque que compré para perderme en él, sin rentas ni beneficios, sin alegrías particulares, imposible de fríos, como hoy, perdido en nieblas a menudo e invivible bajo las calores del verano. Y sin embargo rico de silencios, de momentos, de lunas llenas, de bienestar modesto (como la boina: simplón, suficiente), diríase que horaciano.
Batiendo las manos y con candelas de moco descolgándose de la nariz, vuelvo al coche y vuelvo a Balaguer. El mercado de los sábados ronronea a medio gas: no todos los paradistas han venido, y hay menos gente que de costumbre; no se oyen los gritos de los gitanos que venden bragas y zapatos. El frío que llega del norte ha congelado la vida ciudadana, pero los patos abundan en el río, que baja caudaloso, luciendo su verdiazul limpio de prados en deshielo y añil sin nubes. Me refugio en can Pepito a tomar un café y leer el periódico. Me siento contra un radiador. Pasa el rato.
Domingo. Vuelvo a can Pepito a tomar café, recién despertado. Es el más noble de los bares de la plaça Mercadal. Ya mi abuelo venía aquí a desayunarse y a comer antes de la guerra. Se alojaba en la fonda España, vecina, y que ya no existe sino en el recuerdo de los viejos y en una foto antigua de cuando la guerra, una foto que inmortaliza un pequeño tanque ruso tomado por los nacionales durante la batalla del Merengue, en el 38. La mestressa preside una mesa con un par de parroquianos; hay varios diarios abiertos, y se comentan las noticias en voz alta. Me interpela la mestressa, me presenta incluso a los otros tertulianos y doy mi apellido como tarjeta de presentación, eso basta para ubicarme en el mundillo social del Balaguer rancio i de tota la vida; participo a ratos en la charla, mientras paso las páginas del diario de titular en titular. De fondo, la música es cutre, simpáticamente añeja. Cuando alguien pide un café, la mestressa se levanta y pasa detrás de la barra y lo sirve, lo trae y vuelve a sentarse y retoma la tertulia. Hablan de las casas baratas que se hicieron en la post-guerra; hablan del cine cerrado; hablan del mamotreto de los nuevos juzgados que están construyendo en la plaça del Pou. Hablan del partido del Barça y del frío. Hablan de coques y de brioches y de cruasanes, ponderan las calidades de los diferentes obradores pasteleros del pueblo, mencionan hornos de la comarca. Hablan del frío. Toman café y hojean los periódicos. ¿Nevará? No lo creen; hoy el cielo es de un gris compacto. Pasa el rato, y yo con ellos.
A las doce menos cuarto las campanas de Santa María empiezan a sonar. Durante un cuarto de hora suenan y resuenan sobre el pueblo. El cielo está gris. Me recojo y me hago otro vermú mientras caliento la comida. Las niñas haraganean, yo también. Me siento a escribir en el salón de los recuerdos. Al cabo de un rato me dicen que nieva. Me asomo a la ventana: en efecto, caen copos de nieve mansamente. “Collons, quin fred!

Desktop

Quand reverrai-je, hélas, de mon petit village
Fumer la cheminée, et en quelle saison
Reverrai-je le clos de ma pauvre maison,
Qui m’est une province, et beaucoup davantage ?

Ni hay mar ni veré arder, en un rincón de la cocina, un hogar bregando con el frío de estos días. Pero recorreré el paisaje helado, embarraré las botas en el secano, caminaré por las calles y oleré las piedras de Balaguer, mon petit village, durante este fin de semana. Hendiré las nieblas matinales; marcaré con las botas la escarcha. Iré a ver a Said para que desbroce mi leonina cabellera. Diré “Collons, quin fred!” cuando entre en la casa y me arrime a los calefactores, y beberé una copa para arroparme por dentro con el calorcito que suele ofrecer el tinto.

Leeré las crónicas de los viajeros decimonónicos por Persia, con un ojo ya puesto en las visitas que he de hacer a los bazares de Teherán, y si aprieta el aburrimiento recaeré en la lectura compulsiva de los clásicos.

Dormiré bajo del peso de las mantas de post-guerra, en nubes de alcanfor, en la densa oscuridad de las paredes de medio metro de espesor. Esto será mañana.

Porque, querido Joachim, volveré mañana a ver mi pueblín y sus piedras, después de muchas semanas sin estar ahí. Hoy, sobre la mesa, en el desktop de mis quehaceres, tengo muestras, folletos, ofertas por rematar, emails por contestar, listas de to-do por evacuar y una pared detrás de la mesa donde, un día, colgaré una gran reproducción del Le golfe de Marseille vu depuis l’Estaque de Cézanne, para que el azul del mediterráneo y los colores del monte bajo de Provenza me abriguen. Collons, quin fred!